lunes, 25 de diciembre de 2017

Explorando la ciudad perdida: Otosan Uchi - Crónica 3

Nota: como puede ser complicado recordar quién es quién solo por los nombres hasta ahora escribía el apellido y el nombre, eso es engorroso para la lectura, de modo que a partir de ahora escribiré solo el nombre pero con el color de la familia: Azul para Cangrejo, Naranja para Fenix, Amarillo para León y Rojo para Escorpión.


El viaje fue apresurado y, pese a que ninguno poseía una gran destreza en equitación y la fiereza natural de aquellos caballos, transcurrió sin contratiempos. Llegaron a Mura Nishi Chushin, una de las aldeas centrales cercanas a Otosan Uchi que en el pasado servían como almacenes. Su cercanía a la antigua capital y estar en una localización que la convertía en la última ciudad de paso para cualquiera que fuese a la ciudad habían hecho que creciese grande y próspera. Ahora, sin embargo, sus enormes almacenes permanecían vacíos, las casas se encontraban en un estado de deterioro lamentable y la mayoría de los habitantes se habían ido. Los pocos que quedaban corrieron al ver llegar a los samurai, los campesinos más que nadie eran conscientes de la volubilidad del carácter de los bushi y preferían correr a avisar a alguien de su rango para que hablase con ellos a intentarlo y terminar cortados en dos, como muchas veces había sucedido en el pasado. Quizás la mayoría de samurai fuesen piadosos, probablemente muchos entenderían que un heimin carece de formación y pasarían por alto un comportamiento indecoroso puntual, seguramente había pocos que atacarían y sesgarían sus vidas sin una razón de mucho peso. Saber eso no era nada reconfortante para los campesinos.
Antes de que llegaran a entrar al pueblo un samurai salió a su encuentro:
—Saludos, bienvenidos a Mura Nishi Chushin— vestía ropas viejas con el mon del clan tortuga y portaba un daisho, de no ser por eso habría sido confundido con un vagabundo insolente —Mi nombre es Kasuga Oniji, estoy al mando de este poblado ¿Les puedo ayudar en algo?
—Estamos de camino a Otosan Uchi, queremos pasar la noche en el pueblo —dijo Emi.

El samurai los acompañó hasta un edificio que se veía abandonado, debía ser la hostería del pueblo que en tiempos pasados alojó a mucha gente, cuando la ciudad imperial estaba en sus momentos de gloria. Cada uno se acomodó en su habitación, Shotaro y Fugu se preocuparon principalmente de probar la comida local (arroz solo), Emi se entretuvo cuidando sus armas y Mitsuhide recibió una visita inesperada que le dejó un rollo de pergamino, la información que encontró en los pergaminos le resultó preocupante: los Santos Blancos, el grupo de ronin que casi persiguen, está formado por unos 100 ronin y 200 ahigaru. Era preocupante tener que enfrentarse ellos cuatro a semejante ejército, pero más preocupante era que tal cantidad de descastados se encontrasen tan cerca de las tierras Escorpión y su clan no hubiese hecho nada. Se guardó la información y al día siguiente partieron, en apenas unas horas de viaje llegaron a Otosan Uchi, allí les salió al paso un ronin:
—Saludos samurai-sama ¿Qué os trae a este lugar? El paso no está permitido para cualquiera— la actitud del ronin irritó a Mitsuhide, quien odiaba especialmente a los samurai sin señor, y no oculto la aversión que le producía aquella persona.
—Venimos a realizar una misión del emperador, condúcenos a tu daimio.
Pasaron por las ruinas penosas de la ciudad, se podía apreciar un manto gris cubriendo la luz del sol, la mancha sombría era algo conocido aquí y solo los Cangrejo estaban acostumbrados a verla tan cerca, intuir la grandiosidad de la ciudad que fueron antaño esas ruinas llenaba sus corazones de amargura. Llegaron a un edificio en las afueras de la ciudad, en esa zona la reconstrucción había sido un éxito y era el punto de partida desde el que los ronin de la familia Yotsu afrontaban la forma de reconstruir el resto.
Yotsu Ikemoto, el daimio de la familia Yotsu, era un hombre grande, de brazos fuertes, llevaba un parche en un ojo y se podía ver detrás una cicatriz que cruzaba su cara de arruba a abajo, el poco pelo que le quedaba en la cabeza empezaba a ser blanco y su piel estaba muy tostada por el sol tal y como suele estar la piel de los ronin. Se reunieron en una pequeña sala repleta de documentos
—Saludos, samurai-sama, es un honor que personas como ustedes estén en nuestra presencia, sin embargo podrán comprobar que este no es el mejor sitio para estar ¿Qué puedo hacer por ustedes? —en ningún momento olvidó el samurai su condición de ronin, quien habló primero fue Emi.
—Venimos a investigar cierto tema relacionado con la familia Mishihiro del clan Grulla que vivió en esta ciudad. Esperamos poder encontrar alguna información útil en la casa familiar— Ikemoto se mostró cauto en tanto no quería ofender a los samurai que tenía delante pese a negarles la entrada a la ciudad
—Veo que tienen cierta urgencia, sin embargo debo advertirles que cualquier esperanza que guarden de encontrar algo en el interior de la ruinas es vana, hace tiempo que fue todo saqueado o destruido por el fuego y los peligros dentro son innumerables, recientemente vimos un oni no uguru, una gigantesca criatura que hace temblar la tierra con sus pasos, y ni siquiera nosotros nos adentramos ahora al interior de la ciudad hasta que podamos solucionar el problema de su presencia. —su delicada negativa no fue suficiente y Emi insistió:
—Es un asunto urgente el que nos trae aquí, estamos dispuestos a enfrentar un oni si es necesario, contamos con dos samurai expertos en esa labor.
—Entiendo su prisa, pero como responsable de lo que suceda en la ciudad no puedo dejar que entren.
En esta ocasión Mitsuhide no aguantó más y respondió:
—Estamos aquí por orden de la magistrado de jade en una misión que puede afectar incluso al emperador, no podemos seguir perdiendo el tiempo en discusiones vanas, debemos entrar cuanto antes, contamos con su colaboración —el gesto de Yotsu cambió al oír esas palabras y vio miradas de reproche de sus compañeros que recordaban que la magistrada pidió discrección, Ikemoto llamó a un sirviente que fue a buscar a alguien. Al cabo de un momento entró un hombre cargado de pergaminos y extendió un mapa sobre la mesa, lo estudió unos momentos y después habló:
—Estamos aquí— dijo señalando un punto en el borde del pergamino —ustedes quieren ir aquí— dijo señalando otro punto bastante distante del primero. La ciudad en el mapa se podía ver como si estuviese formada por anillos, ellos se encontraban en un punto exterior del anillo más externo y el punto al que deseaban llegar estaba en el segundo anillo, cada uno de los anillos era una zona donde vivían las personas propias de esa casta. Ikemoto dijo unas palabras que ninguno entendió al principio, eso hizo que saliera de la sombras una criatura un poco más baja que un humano y que andaba a dos patas, pero que tenía el cuerpo cubierto de pelo y una cabeza de rata. Mitsuhide se alarmó ante la presencia de la criatura, no confiaba en seres como aquel, pero el resto de samurai apenas le dio importancia —Tik Tik os guiará hasta allí, el mapa es anterior a la destrucción de la ciudad y no sirve para avanzar, él conoce los peligros del camino. Espero que recuerden mencionar al magistrado quién les ayudó.
—Por supuesto, recibirá esa información.
El hombre recogió los mapas y se largó mientras Yotsu ordenaba a un criado que preparase la cena para los invitados, sin embargo Mitsuhide se excusó y siguió al hombre:
—Disculpe ¿Podría dejarme los mapas? Quisiera conocer mejor la ciudad antes de partir, a decir verdad no me fio demasiado de los nezumi —pareció extrañado, pero no lo hizo notar demasiado y le dejó los mapas que Bayushi estudió durante unas horas para, al día siguiente, conocer la localización del templo de los 10.000 pergaminos.

Avanzaron con cautela por la ciudad medio en ruinas, el fuego había hecho un gran daño, el tiempo también, pero en todos lados se notaba la influencia de las malditas criaturas manchadas. El paso era lento y difícil, Tik Tik encabezaba el grupo y medía bien cada pisada para no provocar ruidos innecesarios, otros dos nezumi iban por delante para vigilar que no hubiese ninguna criatura, los tres llevaban arcos y Tik Tik llevaba una katana, varios momentos tuvieron que refugiarse entre las ruinas para esconderse de las criaturas, los bushi se enfurecían cada vez que se daba la situación, sin embargo sabían que un simple grito sería el fin de todos ellos y aguantaban. Había pasado ya el medio día y de poco no los pilla un grupo de trasgos cuando Mitsuhide se negó a entrar en una casa en ruinas, la negación era porque odiaba seguir órdenes de un nezumi y no por ganas de luchar, el entrenamiento recibido en su clan le había enseñado a moverse de forma discreta y golpear de forma inesperada y aceptaba esos métodos. Finalmente entró en la casa refunfuñando y todos pudieron ver pasar al poco rato a lo que debería denominarse como un escuadrón de trasgos: estaban perfectamente organizados y marchaban en dos filas, llevaban armas y y armaduras sacadas de las casas samurai en ruinas y, aunque no estaban en buen estado, era indicativo de algo siniestro. Si esa era la influencia del oni no uguru el peligro que suponía era mayor del que la familia Yotsu pensaba.

Finalmente llegaron al anillo donde vivían los samurai, en este lugar las casas se mantenían en mejores condiciones dado que estaban mejor construidas y con mejores materiales y el fuego no había alcanzado la zona. Era una casa familiar del clan Grulla, el mon del clan se podía distinguir en algunos puntos, aunque roto. En el jardín había una gran cantidad de lápidas de madera con nombres escritos, seguramente no había ningún cuerpo bajo tierra, pero alguien se tomó la molestia de levantarlas en recuerdo de los que habían vivido allí. Entraron sin mucho protocolo y se dirigieron cada uno a un lado de la casa, Mitsuhide fue a la armería para comprobar si había alguna katana, era un impulso irresistible para él admirar katanas y se sentía mal al ver que tanto nezumi como trasgos portaban esas armas que eran también el alma de valientes guerreros, Emi se dirigió hacia el dojo a buscar cualquier indicio en el lugar donde los samurai más tiempo pasaban y Fugu y Shotaro decidieron registrar los dormitorios. Mitsuhide se llevó un disgusto al encontrar la armería completamente vacía y Emi estaba registrando cuando oyeron la potente voz de Shotaro decir:
—Lo tengo.
Había encontrado dos libretas en un tablón bajo el tatami y la emoción lo llevó a gritar, todos excepto el propio Shotaro se quedaron callados y Fugu fue corriendo hacia él, que estaba ojeando las libretas.
Shotaro-san, tenemos compañía, prepárate para luchar.
Ambos se encontraron con diez trasgos frente a ellos, Emi y Mitsuhide también se encontraron con grupos que intentaban emboscarlos, el grito de Shotaro los había distraído y puesto en alerta a todos los samurai y eso evitó que la emboscada que preparaban tuviese el efecto fatal que podría haber tenido.

Atrapado en la armería frente a cuatro enemigos, Mitsuhide desenvainó su katana y preparó su abanico, era un abanico metálico del que sobresalía una hoja puntiaguda y afilada de cada varilla, en mano expertas podía ser tan letal como cualquier otra arma, pero el samurai escorpión lo usaba para defenderse, la filosofía de su escuela consistía en esperar con calma la oportunidad de golpear y hacer que cada golpe cuente, los escorpión luchaban con ingenio, estudiando a sus oponentes, buscando debilidades y picando en el momento oportuno como el animal del que tomaban el nombre, a veces incluso usando venenos. Mitsuhide empezó a apartar los golpes que le llegaban de todas direcciones.
—Solo parecía que estaban organizados, pero no es así, copian lo que ven —pensaba mientras mantenía atrás su katana a punto de golpear y usaba el abanico para protegerse —si son tan idiotas les voy a tender una trampa.
Entonces bajó el abanico y vio que las criaturas bajaban la espada, lo subió y ellos subieron y repitió ese patrón de movimiento unas cuantas veces hasta que estuvo seguro de poder atacar, cada vez que subía el abanico las criaturas levantaban la espada más de lo normal por encima de la cabeza, dejando descubierto el cuello, rechazó el último espadazo con más fuerza de lo necesario y sin siquiera gritar giró sobre la punta de su pie izquierdo mientras adelantaba el derecho, se dio la vuelta y avanzó dos pasos con calma, momentos después las criaturas cayeron en el suelo en el lugar donde Mitsuhide había estado hasta ese momento, ahora ya se encontraba limpiando su katana, no soportaba verla manchada de sangre.

Fugu y Shotaro se estaban defendiendo como podían, Shotaro no había sido pillado por sorpresa, pero en su búsqueda había dejaso su tetsubo a un lado, pero incluso después de recuperarlo no podía luchar en ese lugar tan estrecho con ese arma tan grande y los trasgos los estaban hostigando despacio pero con seguridad. Fugu no tenía problema en defenderse pero no encontraba el momento de atacar debido a que los demás aprovecharían el momento para acabar con él, Shotaro se estaba enfadando, si el samurai era fácil de molestar normalmente la situación vivida durante todo el día y las molestias de esta lucha lo habían llevado al límite de su furia, ignorando su propia seguridad rugió con rabia y dio un golpe que aplastó a tres trasgos, Fugu aprovechó ese momento para dar un golpe certero a otro, que también cayó, pero el resto, entendiendo la amenaza que suponía Shotaro, se lanzaron contra él y lo hirieron de gravedad, Fugu tuvo que volver a defenderse mientras Hida siguió con furia, pese a sus heridas consiguió levantar el inmenso tetsubo y acabar con la vida de otro trasgo para después caer.

Emi se encontró con ocho trasgos frente a ella, sus ojos se entornaron y entre una respiración y otra cuatro de ellos se vieron partidos por la mitad. La escuela Matsu enseñaba que el primer golpe debe ser el único golpe y Emi era un fiel reflejo de la forma de entender el mundo de las Matsu. Los cuatro trasgos restantes sintieron miedo por primera vez en su vida, sabían que habían encontrado una existencia que podía eliminarlos sin contemplaciones, como un kami furioso, no eran nada ante aquella samurai de mirada penetrante que había decido acabar con sus vidas, pero no tenían escapatoria, así que se lanzaron contra ella con todo. Las katanas robadas que blandían hendieron su carne y la cortaron, la armadura de poco sirvió, pero ella no se quejó, estaba acostumbrada al dolor, simplemente levantó su no-dachi y descenció en un hermoso arco, al finalizar su movimiento ella era la única con vida. Eso era lo único que importaba en un combate.
Al oír los gritos de dolor de Shotaro, Emi atravesó corriendo las paredes de madera y papel de la casa hasta caer con furia delante de los trasgos y a la espalda de estos apareció Mitsuhide, flanqueados por los samurai los trasgos no tenían escapatoria y su lucha fue vana, pronto el último cayó al suelo sin poder provocar ni el más mínimo daño.

Después de limpiar sus katanas, ayudar a Shotaro y Emi y recuperar el resuello pensaron qué hacer, las heridas del cangrejo eran graves, lo suficientes como para no poder avanzar con seguridad por la ciudad maldita, las heridas de Emi no eran tan graves pero sin duda serían un inconveniente en batalla, estaban atrapados en aquella casa y por la noche serían un blanco fácil, entonces llegó Tik Tik.
—Debemos avanzar deprisa viene el oni —el nezumi hablaba muy rápido casi sin espacio entre las palabras.
—No podemos, ellos dos están heridos, si seguimos con ellos nos ponemos en riesgo... —en las palabras de Mitsuhide estaba implícita una segunda opción que no quería pronunciar en voz alta— además se ha hecho muy tarde, contando el tiempo que tardamos en llegar aquí se hará de noche antes de que abandonemos la ciudad, pero en el mapa la zona de los templos estaba cerca, quizás nos podamos refugiar allí hasta la mañana, quizás los kami la hayan protegido —recordaba aquel mensajero fenix que le pidió un favor y recordaba la cara de aquella chica por la que debía cumplir esa petición del clan fenix. Tik Tik lo miró un momento fijamente sin moverse, quizás era la forma nezumi de pensar, entonces extrajo de sus ropas un pequeño paquete envuento en tela blanca, dentro había varias hojas grandes y otras telas formando paquetes más pequeños, movió sus garras con habilidad y mezcló unos polvos con un poco de sake en su mano, después puso algunas hierbas y finalmente extendió la pasta sobre las heridas de Emi y Shotaro, la acción fu tan inesperada que ninguno tuvo tiempo para protestar, finalmente tapó esa pasta con las hojas más grandes y pronunció unas palabras mientras tenía sus manos sobre las frentes de los samurais. Un golpe invisible golpeó a los samurai y al momento Emi y Shotaro recuperaron el color en su cara y se incorporaron, las hojas cayeron al suelo y debajo no había ni rastro ni de pasta ni de heridas.
—Iremos a los templos pasaremos la noche vamos deprisa.
Salieron y vieron los cuerpos de cinco trasgos cerca llenos de flechas, los nezumi se habían ocupado de ellos, emprendieron la marcha y no tardaron mucho en ver el anillo de los templos, al verlo aceleraron el paso, descuidando la prudencia, un trasgo los vio y salió corriendo, pese a lanzarle flechas no acertaron y momentos después un temblor en el suelo los advertía de la presencia del oni que Ikemoto les había advertido, era demasiado tarde, la criatura los había visto, su cabeza sobresalía por encima de los tejados, medía más de cinco metros y en las manos llevaba el tronco de un árbol a modo de garrote. Cargó contra ellos destruyendo cualquier casa que hubiese en su camino, apenas tuvieron tiempo de prepararse:
—Vosotros al tejado —gritó Mitsuhide a los nezumi— usad los arcos. Vosotros dos atraed su atención, Fugu y yo lo atacaremos por la espalda, a los tendones.
Fugu y Mitsuhide salieron corriendo uno a izquierda y otro a derecha para camuflarse entre los escombros y atacar, Shotaro se preparó para esquivar el golpe y los nezumi ya estaban en los tejados cercanos con el arco preparado, pero Emi se quedó plantada en medio de la calle sin moverse lo más mínimo, inspiró profundamente y supo que tenía tomaría aliento tres veces antes de que el oni la alcanzara. Cerró los ojos y dio las gracias a sus ancestros por permitirle vivir ese momento. Espiró y sacó su no-dachi de la vaina con calma y se colocó en posición jodan, con la espada por encima de la cabeza y los codos separados. Inspiró y recordó a su familia y maestra, pensó en su hermana. Espiró y abrió los ojos, el oni estaba a apenas unos metros, separó sus pies la distancia de sus hombros. Inspiró, dios dos pasos y saltó mientras empezaba a bajar la no-dachi, la hoja pareció iluminada por una luz dorada durante un instante, un grito de dolor recorrió la ciudad pero el grito de Emi lo hizo apenas audible. El oni cayó cortado desde el hombro a la cadera mientras la bushi león agitaba su arma para eliminar el remanente de sangre.

En silencio llegaron a la zona de los templos, ninguno quiso comentar nada de lo que acababa de suceder, todos habían pensado en la muerte y alguno en escapar pese a la deshonra que eso supondría, ninguno dijo nada de esa luz dorada ni de la calma que parecía rodear a la bushi momento antes del golpe y Emi tampoco dijo nada, simplemente siguió su camino. Los trasgos no se acercaron más al grupo y no costó encontrar el templo de los diez mil pergaminos. Toda la zona estaba en mejores condiciones que el resto de la ciudad, hasta el punto que con una ligera limpieza sería habitable y permitía ver el esplendor de la antigua capital. El templo también estaba intacto, pero vacío, solo hileras de estantes una tras otra. Una gran decepción invadió el ánimo de Mitsuhide, pero sabía que no sería llegar y triunfar, su búsqueda no debía ser algo simple. Encontraron una escalera y ascendieron al segundo piso, pero encontraron lo mismo. Y el tercero y el cuarto. Hasta llegar al quinto. Allí encontraron dos puertas metálicas de color dorado con relieves que mostraban la vida del kami Shiba. Las puertas estaban intactas pese a que había huellas de trasgo visibles delante, Mitsuhide se adelantó y empujó las puertas, que se abrieron sin dificultad. Los otros samurai lo miraban extrañados, pues parecía que sabía exactamente lo que estaba haciendo, pero ninguno quiso anunciar sus sospechas en voz alta.
Detrás de las puertas había una sala grande con tatami y en la pared de en frente había un wakizashi resplandeciente, dorado y rojo, no parecía tener nada inusual, pero era bello. En las otras dos paredes había un kimono con los colores del clan Fenix y un rollo de pergamino sellado. Mitsuhide supuso que también eran del kami Shiba y se alegró, no solo cumplía el pedido del clan Fenix, además había encontrado otras dos pertenencias del kami y quizás con eso su deuda quedara saldada del todo, quizás incluso estarían en deuda con él y podría otorgar ese favor a su daimio para limpiar el nombre de su familia completamente y el clan podría realizar algunos matrimonios ventajosos. Sus compañeros avanzaban mientras el maquinaba qué sería lo mejor para él y su clan y tuvo que apresurarse a hablar cuando vio que estaban dispuestos a coger los objetos.
—¡Alto! No toquéis nada.
—¿Sucede algo? — dijo Emi
—Estos objetos son del clan Fenix y si notáis lo mismo que yo sabréis que son cosas de shugenjas, es mejor no tocarlos —lo dijo pensando que ninguno admitiría no sentir algo que él sí había sentido, aunque esa sensación no existiese, apelar al orgullo era una forma de control que los escorpión aprendían desde pequeños.
—Quizás tengas razón, mejor no los toquemos.
—Tal y como dijimos, esperaremos aquí hasta el amanecer —mientras decía eso Mitsuhide estaba pensando cuán real era la posibilidad de arder por tocar un arma y lo mayor que sería el beneficio si podía llevar ya los objetos al clan Fenix. Sus propias inquietudes los asustaron, había aprendido a no usar las emociones, ese error había condenado a su familia y no podía caer en él, así que se sentó a meditar delante del wakizashi— Tal vez un kami me ilumine sobre qué hacer si me calmo.

Pasaron las horas mientras estaban descansando y se distraían como podían, saberse encerrados en una habitación en una ciudad repleta de criaturas los inquietaba, pero aparecieron los primeros rayos de sol y con ellos oyeron ruidos, en el templo. Temieron lo peor, pero por la puerta entró Yotsu Ikemoto junto a otro hombre que cargaba unos pergaminos, lo que lo identificaba como a un shugenja, a su espalda había un nezumi, quizás uno de los que los había acompañado puesto que solo Tik Tik se había quedado con ellos.

—¡Vaya sorpresa por partida doble! —exclamó con felicidad— parece que por fin las cosas empiezan a mejorar. Primero hemos sabido que el oni no uguru había muerto y las criaturas que los seguían estaban demasiado asustadas como para asomar la cabeza. El camino hasta aquí ha sido tranquilo, de hecho hemos venido a caballo y abajo os esperan unas monturas para volver. Muchas gracias, Emi-sama, ha hecho un gran servicio al imperio y será recordado, si alguna vez puedo ayudaros en algo no dudéis en decírmelo —la miraba fijamente mientras hablaba y se podía ver sincera gratitud en su expresión, después su mirada pasó a Mitsuhide y parecía que iba a hablar pero el hombre que tenía detrás lo hizo antes.
—Y tú has encontrado algo bastante increible, esas puertas llevaban cerradas muchos años y no han podido ser dañadas siquiera, pareciera que un kami bondadoso ha guiado tus pasos hasta aquí pues este sitio no estaba ni remótamente cerca o de camino respecto al que os dirigíais, pero vinisteis aquí, abriste la puerta y tuviste el buen tino de no tocar ese wakizashi. Es el del kami Shiba, de tocarlo alguien habría ardido, ni yo me atrevo a hacerlo, posiblemente solo alguien poderoso del clan Fenix sea capaz —una expresión de espanto pasó por la cara de los tres samurai al oír eso, los tres habían pensado en coger el wakizashi durante esas eternas horas de espera— Este descubrimiento va a ser muy importante, pero ahora salgamos.

Al salir el shugenja cerró la puerta y las juntas de esta empezaron a brillar, cuando el brillo se detuvo el metal había dejado de tener junturas y era inamovible. Partieron hacia la fortaleza Yotsu con calma, la ciudad estaba tranquila y silenciosa.