lunes, 25 de diciembre de 2017

Explorando la ciudad perdida: Otosan Uchi - Crónica 3

Nota: como puede ser complicado recordar quién es quién solo por los nombres hasta ahora escribía el apellido y el nombre, eso es engorroso para la lectura, de modo que a partir de ahora escribiré solo el nombre pero con el color de la familia: Azul para Cangrejo, Naranja para Fenix, Amarillo para León y Rojo para Escorpión.


El viaje fue apresurado y, pese a que ninguno poseía una gran destreza en equitación y la fiereza natural de aquellos caballos, transcurrió sin contratiempos. Llegaron a Mura Nishi Chushin, una de las aldeas centrales cercanas a Otosan Uchi que en el pasado servían como almacenes. Su cercanía a la antigua capital y estar en una localización que la convertía en la última ciudad de paso para cualquiera que fuese a la ciudad habían hecho que creciese grande y próspera. Ahora, sin embargo, sus enormes almacenes permanecían vacíos, las casas se encontraban en un estado de deterioro lamentable y la mayoría de los habitantes se habían ido. Los pocos que quedaban corrieron al ver llegar a los samurai, los campesinos más que nadie eran conscientes de la volubilidad del carácter de los bushi y preferían correr a avisar a alguien de su rango para que hablase con ellos a intentarlo y terminar cortados en dos, como muchas veces había sucedido en el pasado. Quizás la mayoría de samurai fuesen piadosos, probablemente muchos entenderían que un heimin carece de formación y pasarían por alto un comportamiento indecoroso puntual, seguramente había pocos que atacarían y sesgarían sus vidas sin una razón de mucho peso. Saber eso no era nada reconfortante para los campesinos.
Antes de que llegaran a entrar al pueblo un samurai salió a su encuentro:
—Saludos, bienvenidos a Mura Nishi Chushin— vestía ropas viejas con el mon del clan tortuga y portaba un daisho, de no ser por eso habría sido confundido con un vagabundo insolente —Mi nombre es Kasuga Oniji, estoy al mando de este poblado ¿Les puedo ayudar en algo?
—Estamos de camino a Otosan Uchi, queremos pasar la noche en el pueblo —dijo Emi.

El samurai los acompañó hasta un edificio que se veía abandonado, debía ser la hostería del pueblo que en tiempos pasados alojó a mucha gente, cuando la ciudad imperial estaba en sus momentos de gloria. Cada uno se acomodó en su habitación, Shotaro y Fugu se preocuparon principalmente de probar la comida local (arroz solo), Emi se entretuvo cuidando sus armas y Mitsuhide recibió una visita inesperada que le dejó un rollo de pergamino, la información que encontró en los pergaminos le resultó preocupante: los Santos Blancos, el grupo de ronin que casi persiguen, está formado por unos 100 ronin y 200 ahigaru. Era preocupante tener que enfrentarse ellos cuatro a semejante ejército, pero más preocupante era que tal cantidad de descastados se encontrasen tan cerca de las tierras Escorpión y su clan no hubiese hecho nada. Se guardó la información y al día siguiente partieron, en apenas unas horas de viaje llegaron a Otosan Uchi, allí les salió al paso un ronin:
—Saludos samurai-sama ¿Qué os trae a este lugar? El paso no está permitido para cualquiera— la actitud del ronin irritó a Mitsuhide, quien odiaba especialmente a los samurai sin señor, y no oculto la aversión que le producía aquella persona.
—Venimos a realizar una misión del emperador, condúcenos a tu daimio.
Pasaron por las ruinas penosas de la ciudad, se podía apreciar un manto gris cubriendo la luz del sol, la mancha sombría era algo conocido aquí y solo los Cangrejo estaban acostumbrados a verla tan cerca, intuir la grandiosidad de la ciudad que fueron antaño esas ruinas llenaba sus corazones de amargura. Llegaron a un edificio en las afueras de la ciudad, en esa zona la reconstrucción había sido un éxito y era el punto de partida desde el que los ronin de la familia Yotsu afrontaban la forma de reconstruir el resto.
Yotsu Ikemoto, el daimio de la familia Yotsu, era un hombre grande, de brazos fuertes, llevaba un parche en un ojo y se podía ver detrás una cicatriz que cruzaba su cara de arruba a abajo, el poco pelo que le quedaba en la cabeza empezaba a ser blanco y su piel estaba muy tostada por el sol tal y como suele estar la piel de los ronin. Se reunieron en una pequeña sala repleta de documentos
—Saludos, samurai-sama, es un honor que personas como ustedes estén en nuestra presencia, sin embargo podrán comprobar que este no es el mejor sitio para estar ¿Qué puedo hacer por ustedes? —en ningún momento olvidó el samurai su condición de ronin, quien habló primero fue Emi.
—Venimos a investigar cierto tema relacionado con la familia Mishihiro del clan Grulla que vivió en esta ciudad. Esperamos poder encontrar alguna información útil en la casa familiar— Ikemoto se mostró cauto en tanto no quería ofender a los samurai que tenía delante pese a negarles la entrada a la ciudad
—Veo que tienen cierta urgencia, sin embargo debo advertirles que cualquier esperanza que guarden de encontrar algo en el interior de la ruinas es vana, hace tiempo que fue todo saqueado o destruido por el fuego y los peligros dentro son innumerables, recientemente vimos un oni no uguru, una gigantesca criatura que hace temblar la tierra con sus pasos, y ni siquiera nosotros nos adentramos ahora al interior de la ciudad hasta que podamos solucionar el problema de su presencia. —su delicada negativa no fue suficiente y Emi insistió:
—Es un asunto urgente el que nos trae aquí, estamos dispuestos a enfrentar un oni si es necesario, contamos con dos samurai expertos en esa labor.
—Entiendo su prisa, pero como responsable de lo que suceda en la ciudad no puedo dejar que entren.
En esta ocasión Mitsuhide no aguantó más y respondió:
—Estamos aquí por orden de la magistrado de jade en una misión que puede afectar incluso al emperador, no podemos seguir perdiendo el tiempo en discusiones vanas, debemos entrar cuanto antes, contamos con su colaboración —el gesto de Yotsu cambió al oír esas palabras y vio miradas de reproche de sus compañeros que recordaban que la magistrada pidió discrección, Ikemoto llamó a un sirviente que fue a buscar a alguien. Al cabo de un momento entró un hombre cargado de pergaminos y extendió un mapa sobre la mesa, lo estudió unos momentos y después habló:
—Estamos aquí— dijo señalando un punto en el borde del pergamino —ustedes quieren ir aquí— dijo señalando otro punto bastante distante del primero. La ciudad en el mapa se podía ver como si estuviese formada por anillos, ellos se encontraban en un punto exterior del anillo más externo y el punto al que deseaban llegar estaba en el segundo anillo, cada uno de los anillos era una zona donde vivían las personas propias de esa casta. Ikemoto dijo unas palabras que ninguno entendió al principio, eso hizo que saliera de la sombras una criatura un poco más baja que un humano y que andaba a dos patas, pero que tenía el cuerpo cubierto de pelo y una cabeza de rata. Mitsuhide se alarmó ante la presencia de la criatura, no confiaba en seres como aquel, pero el resto de samurai apenas le dio importancia —Tik Tik os guiará hasta allí, el mapa es anterior a la destrucción de la ciudad y no sirve para avanzar, él conoce los peligros del camino. Espero que recuerden mencionar al magistrado quién les ayudó.
—Por supuesto, recibirá esa información.
El hombre recogió los mapas y se largó mientras Yotsu ordenaba a un criado que preparase la cena para los invitados, sin embargo Mitsuhide se excusó y siguió al hombre:
—Disculpe ¿Podría dejarme los mapas? Quisiera conocer mejor la ciudad antes de partir, a decir verdad no me fio demasiado de los nezumi —pareció extrañado, pero no lo hizo notar demasiado y le dejó los mapas que Bayushi estudió durante unas horas para, al día siguiente, conocer la localización del templo de los 10.000 pergaminos.

Avanzaron con cautela por la ciudad medio en ruinas, el fuego había hecho un gran daño, el tiempo también, pero en todos lados se notaba la influencia de las malditas criaturas manchadas. El paso era lento y difícil, Tik Tik encabezaba el grupo y medía bien cada pisada para no provocar ruidos innecesarios, otros dos nezumi iban por delante para vigilar que no hubiese ninguna criatura, los tres llevaban arcos y Tik Tik llevaba una katana, varios momentos tuvieron que refugiarse entre las ruinas para esconderse de las criaturas, los bushi se enfurecían cada vez que se daba la situación, sin embargo sabían que un simple grito sería el fin de todos ellos y aguantaban. Había pasado ya el medio día y de poco no los pilla un grupo de trasgos cuando Mitsuhide se negó a entrar en una casa en ruinas, la negación era porque odiaba seguir órdenes de un nezumi y no por ganas de luchar, el entrenamiento recibido en su clan le había enseñado a moverse de forma discreta y golpear de forma inesperada y aceptaba esos métodos. Finalmente entró en la casa refunfuñando y todos pudieron ver pasar al poco rato a lo que debería denominarse como un escuadrón de trasgos: estaban perfectamente organizados y marchaban en dos filas, llevaban armas y y armaduras sacadas de las casas samurai en ruinas y, aunque no estaban en buen estado, era indicativo de algo siniestro. Si esa era la influencia del oni no uguru el peligro que suponía era mayor del que la familia Yotsu pensaba.

Finalmente llegaron al anillo donde vivían los samurai, en este lugar las casas se mantenían en mejores condiciones dado que estaban mejor construidas y con mejores materiales y el fuego no había alcanzado la zona. Era una casa familiar del clan Grulla, el mon del clan se podía distinguir en algunos puntos, aunque roto. En el jardín había una gran cantidad de lápidas de madera con nombres escritos, seguramente no había ningún cuerpo bajo tierra, pero alguien se tomó la molestia de levantarlas en recuerdo de los que habían vivido allí. Entraron sin mucho protocolo y se dirigieron cada uno a un lado de la casa, Mitsuhide fue a la armería para comprobar si había alguna katana, era un impulso irresistible para él admirar katanas y se sentía mal al ver que tanto nezumi como trasgos portaban esas armas que eran también el alma de valientes guerreros, Emi se dirigió hacia el dojo a buscar cualquier indicio en el lugar donde los samurai más tiempo pasaban y Fugu y Shotaro decidieron registrar los dormitorios. Mitsuhide se llevó un disgusto al encontrar la armería completamente vacía y Emi estaba registrando cuando oyeron la potente voz de Shotaro decir:
—Lo tengo.
Había encontrado dos libretas en un tablón bajo el tatami y la emoción lo llevó a gritar, todos excepto el propio Shotaro se quedaron callados y Fugu fue corriendo hacia él, que estaba ojeando las libretas.
Shotaro-san, tenemos compañía, prepárate para luchar.
Ambos se encontraron con diez trasgos frente a ellos, Emi y Mitsuhide también se encontraron con grupos que intentaban emboscarlos, el grito de Shotaro los había distraído y puesto en alerta a todos los samurai y eso evitó que la emboscada que preparaban tuviese el efecto fatal que podría haber tenido.

Atrapado en la armería frente a cuatro enemigos, Mitsuhide desenvainó su katana y preparó su abanico, era un abanico metálico del que sobresalía una hoja puntiaguda y afilada de cada varilla, en mano expertas podía ser tan letal como cualquier otra arma, pero el samurai escorpión lo usaba para defenderse, la filosofía de su escuela consistía en esperar con calma la oportunidad de golpear y hacer que cada golpe cuente, los escorpión luchaban con ingenio, estudiando a sus oponentes, buscando debilidades y picando en el momento oportuno como el animal del que tomaban el nombre, a veces incluso usando venenos. Mitsuhide empezó a apartar los golpes que le llegaban de todas direcciones.
—Solo parecía que estaban organizados, pero no es así, copian lo que ven —pensaba mientras mantenía atrás su katana a punto de golpear y usaba el abanico para protegerse —si son tan idiotas les voy a tender una trampa.
Entonces bajó el abanico y vio que las criaturas bajaban la espada, lo subió y ellos subieron y repitió ese patrón de movimiento unas cuantas veces hasta que estuvo seguro de poder atacar, cada vez que subía el abanico las criaturas levantaban la espada más de lo normal por encima de la cabeza, dejando descubierto el cuello, rechazó el último espadazo con más fuerza de lo necesario y sin siquiera gritar giró sobre la punta de su pie izquierdo mientras adelantaba el derecho, se dio la vuelta y avanzó dos pasos con calma, momentos después las criaturas cayeron en el suelo en el lugar donde Mitsuhide había estado hasta ese momento, ahora ya se encontraba limpiando su katana, no soportaba verla manchada de sangre.

Fugu y Shotaro se estaban defendiendo como podían, Shotaro no había sido pillado por sorpresa, pero en su búsqueda había dejaso su tetsubo a un lado, pero incluso después de recuperarlo no podía luchar en ese lugar tan estrecho con ese arma tan grande y los trasgos los estaban hostigando despacio pero con seguridad. Fugu no tenía problema en defenderse pero no encontraba el momento de atacar debido a que los demás aprovecharían el momento para acabar con él, Shotaro se estaba enfadando, si el samurai era fácil de molestar normalmente la situación vivida durante todo el día y las molestias de esta lucha lo habían llevado al límite de su furia, ignorando su propia seguridad rugió con rabia y dio un golpe que aplastó a tres trasgos, Fugu aprovechó ese momento para dar un golpe certero a otro, que también cayó, pero el resto, entendiendo la amenaza que suponía Shotaro, se lanzaron contra él y lo hirieron de gravedad, Fugu tuvo que volver a defenderse mientras Hida siguió con furia, pese a sus heridas consiguió levantar el inmenso tetsubo y acabar con la vida de otro trasgo para después caer.

Emi se encontró con ocho trasgos frente a ella, sus ojos se entornaron y entre una respiración y otra cuatro de ellos se vieron partidos por la mitad. La escuela Matsu enseñaba que el primer golpe debe ser el único golpe y Emi era un fiel reflejo de la forma de entender el mundo de las Matsu. Los cuatro trasgos restantes sintieron miedo por primera vez en su vida, sabían que habían encontrado una existencia que podía eliminarlos sin contemplaciones, como un kami furioso, no eran nada ante aquella samurai de mirada penetrante que había decido acabar con sus vidas, pero no tenían escapatoria, así que se lanzaron contra ella con todo. Las katanas robadas que blandían hendieron su carne y la cortaron, la armadura de poco sirvió, pero ella no se quejó, estaba acostumbrada al dolor, simplemente levantó su no-dachi y descenció en un hermoso arco, al finalizar su movimiento ella era la única con vida. Eso era lo único que importaba en un combate.
Al oír los gritos de dolor de Shotaro, Emi atravesó corriendo las paredes de madera y papel de la casa hasta caer con furia delante de los trasgos y a la espalda de estos apareció Mitsuhide, flanqueados por los samurai los trasgos no tenían escapatoria y su lucha fue vana, pronto el último cayó al suelo sin poder provocar ni el más mínimo daño.

Después de limpiar sus katanas, ayudar a Shotaro y Emi y recuperar el resuello pensaron qué hacer, las heridas del cangrejo eran graves, lo suficientes como para no poder avanzar con seguridad por la ciudad maldita, las heridas de Emi no eran tan graves pero sin duda serían un inconveniente en batalla, estaban atrapados en aquella casa y por la noche serían un blanco fácil, entonces llegó Tik Tik.
—Debemos avanzar deprisa viene el oni —el nezumi hablaba muy rápido casi sin espacio entre las palabras.
—No podemos, ellos dos están heridos, si seguimos con ellos nos ponemos en riesgo... —en las palabras de Mitsuhide estaba implícita una segunda opción que no quería pronunciar en voz alta— además se ha hecho muy tarde, contando el tiempo que tardamos en llegar aquí se hará de noche antes de que abandonemos la ciudad, pero en el mapa la zona de los templos estaba cerca, quizás nos podamos refugiar allí hasta la mañana, quizás los kami la hayan protegido —recordaba aquel mensajero fenix que le pidió un favor y recordaba la cara de aquella chica por la que debía cumplir esa petición del clan fenix. Tik Tik lo miró un momento fijamente sin moverse, quizás era la forma nezumi de pensar, entonces extrajo de sus ropas un pequeño paquete envuento en tela blanca, dentro había varias hojas grandes y otras telas formando paquetes más pequeños, movió sus garras con habilidad y mezcló unos polvos con un poco de sake en su mano, después puso algunas hierbas y finalmente extendió la pasta sobre las heridas de Emi y Shotaro, la acción fu tan inesperada que ninguno tuvo tiempo para protestar, finalmente tapó esa pasta con las hojas más grandes y pronunció unas palabras mientras tenía sus manos sobre las frentes de los samurais. Un golpe invisible golpeó a los samurai y al momento Emi y Shotaro recuperaron el color en su cara y se incorporaron, las hojas cayeron al suelo y debajo no había ni rastro ni de pasta ni de heridas.
—Iremos a los templos pasaremos la noche vamos deprisa.
Salieron y vieron los cuerpos de cinco trasgos cerca llenos de flechas, los nezumi se habían ocupado de ellos, emprendieron la marcha y no tardaron mucho en ver el anillo de los templos, al verlo aceleraron el paso, descuidando la prudencia, un trasgo los vio y salió corriendo, pese a lanzarle flechas no acertaron y momentos después un temblor en el suelo los advertía de la presencia del oni que Ikemoto les había advertido, era demasiado tarde, la criatura los había visto, su cabeza sobresalía por encima de los tejados, medía más de cinco metros y en las manos llevaba el tronco de un árbol a modo de garrote. Cargó contra ellos destruyendo cualquier casa que hubiese en su camino, apenas tuvieron tiempo de prepararse:
—Vosotros al tejado —gritó Mitsuhide a los nezumi— usad los arcos. Vosotros dos atraed su atención, Fugu y yo lo atacaremos por la espalda, a los tendones.
Fugu y Mitsuhide salieron corriendo uno a izquierda y otro a derecha para camuflarse entre los escombros y atacar, Shotaro se preparó para esquivar el golpe y los nezumi ya estaban en los tejados cercanos con el arco preparado, pero Emi se quedó plantada en medio de la calle sin moverse lo más mínimo, inspiró profundamente y supo que tenía tomaría aliento tres veces antes de que el oni la alcanzara. Cerró los ojos y dio las gracias a sus ancestros por permitirle vivir ese momento. Espiró y sacó su no-dachi de la vaina con calma y se colocó en posición jodan, con la espada por encima de la cabeza y los codos separados. Inspiró y recordó a su familia y maestra, pensó en su hermana. Espiró y abrió los ojos, el oni estaba a apenas unos metros, separó sus pies la distancia de sus hombros. Inspiró, dios dos pasos y saltó mientras empezaba a bajar la no-dachi, la hoja pareció iluminada por una luz dorada durante un instante, un grito de dolor recorrió la ciudad pero el grito de Emi lo hizo apenas audible. El oni cayó cortado desde el hombro a la cadera mientras la bushi león agitaba su arma para eliminar el remanente de sangre.

En silencio llegaron a la zona de los templos, ninguno quiso comentar nada de lo que acababa de suceder, todos habían pensado en la muerte y alguno en escapar pese a la deshonra que eso supondría, ninguno dijo nada de esa luz dorada ni de la calma que parecía rodear a la bushi momento antes del golpe y Emi tampoco dijo nada, simplemente siguió su camino. Los trasgos no se acercaron más al grupo y no costó encontrar el templo de los diez mil pergaminos. Toda la zona estaba en mejores condiciones que el resto de la ciudad, hasta el punto que con una ligera limpieza sería habitable y permitía ver el esplendor de la antigua capital. El templo también estaba intacto, pero vacío, solo hileras de estantes una tras otra. Una gran decepción invadió el ánimo de Mitsuhide, pero sabía que no sería llegar y triunfar, su búsqueda no debía ser algo simple. Encontraron una escalera y ascendieron al segundo piso, pero encontraron lo mismo. Y el tercero y el cuarto. Hasta llegar al quinto. Allí encontraron dos puertas metálicas de color dorado con relieves que mostraban la vida del kami Shiba. Las puertas estaban intactas pese a que había huellas de trasgo visibles delante, Mitsuhide se adelantó y empujó las puertas, que se abrieron sin dificultad. Los otros samurai lo miraban extrañados, pues parecía que sabía exactamente lo que estaba haciendo, pero ninguno quiso anunciar sus sospechas en voz alta.
Detrás de las puertas había una sala grande con tatami y en la pared de en frente había un wakizashi resplandeciente, dorado y rojo, no parecía tener nada inusual, pero era bello. En las otras dos paredes había un kimono con los colores del clan Fenix y un rollo de pergamino sellado. Mitsuhide supuso que también eran del kami Shiba y se alegró, no solo cumplía el pedido del clan Fenix, además había encontrado otras dos pertenencias del kami y quizás con eso su deuda quedara saldada del todo, quizás incluso estarían en deuda con él y podría otorgar ese favor a su daimio para limpiar el nombre de su familia completamente y el clan podría realizar algunos matrimonios ventajosos. Sus compañeros avanzaban mientras el maquinaba qué sería lo mejor para él y su clan y tuvo que apresurarse a hablar cuando vio que estaban dispuestos a coger los objetos.
—¡Alto! No toquéis nada.
—¿Sucede algo? — dijo Emi
—Estos objetos son del clan Fenix y si notáis lo mismo que yo sabréis que son cosas de shugenjas, es mejor no tocarlos —lo dijo pensando que ninguno admitiría no sentir algo que él sí había sentido, aunque esa sensación no existiese, apelar al orgullo era una forma de control que los escorpión aprendían desde pequeños.
—Quizás tengas razón, mejor no los toquemos.
—Tal y como dijimos, esperaremos aquí hasta el amanecer —mientras decía eso Mitsuhide estaba pensando cuán real era la posibilidad de arder por tocar un arma y lo mayor que sería el beneficio si podía llevar ya los objetos al clan Fenix. Sus propias inquietudes los asustaron, había aprendido a no usar las emociones, ese error había condenado a su familia y no podía caer en él, así que se sentó a meditar delante del wakizashi— Tal vez un kami me ilumine sobre qué hacer si me calmo.

Pasaron las horas mientras estaban descansando y se distraían como podían, saberse encerrados en una habitación en una ciudad repleta de criaturas los inquietaba, pero aparecieron los primeros rayos de sol y con ellos oyeron ruidos, en el templo. Temieron lo peor, pero por la puerta entró Yotsu Ikemoto junto a otro hombre que cargaba unos pergaminos, lo que lo identificaba como a un shugenja, a su espalda había un nezumi, quizás uno de los que los había acompañado puesto que solo Tik Tik se había quedado con ellos.

—¡Vaya sorpresa por partida doble! —exclamó con felicidad— parece que por fin las cosas empiezan a mejorar. Primero hemos sabido que el oni no uguru había muerto y las criaturas que los seguían estaban demasiado asustadas como para asomar la cabeza. El camino hasta aquí ha sido tranquilo, de hecho hemos venido a caballo y abajo os esperan unas monturas para volver. Muchas gracias, Emi-sama, ha hecho un gran servicio al imperio y será recordado, si alguna vez puedo ayudaros en algo no dudéis en decírmelo —la miraba fijamente mientras hablaba y se podía ver sincera gratitud en su expresión, después su mirada pasó a Mitsuhide y parecía que iba a hablar pero el hombre que tenía detrás lo hizo antes.
—Y tú has encontrado algo bastante increible, esas puertas llevaban cerradas muchos años y no han podido ser dañadas siquiera, pareciera que un kami bondadoso ha guiado tus pasos hasta aquí pues este sitio no estaba ni remótamente cerca o de camino respecto al que os dirigíais, pero vinisteis aquí, abriste la puerta y tuviste el buen tino de no tocar ese wakizashi. Es el del kami Shiba, de tocarlo alguien habría ardido, ni yo me atrevo a hacerlo, posiblemente solo alguien poderoso del clan Fenix sea capaz —una expresión de espanto pasó por la cara de los tres samurai al oír eso, los tres habían pensado en coger el wakizashi durante esas eternas horas de espera— Este descubrimiento va a ser muy importante, pero ahora salgamos.

Al salir el shugenja cerró la puerta y las juntas de esta empezaron a brillar, cuando el brillo se detuvo el metal había dejado de tener junturas y era inamovible. Partieron hacia la fortaleza Yotsu con calma, la ciudad estaba tranquila y silenciosa.


jueves, 23 de noviembre de 2017

Conspiraciones en la ciudad de la violencia bajo la cortesía - Crónica 2

La noche transcurrió plácida, las estrellas y la luna iluminaban el campamento con una luz pálida y el aleteo nocturno de un buho o el canto caprichoso de las cigarras eran reconfortantes y tranquilizadores, sin embargo no durmió nadie. Un numeroso grupo de samurai estaban vigilando las afueras del campamento, todos los sirvientes que se quedaron en las tierras Kitsune habían sido detenidos temporalmente hasta asegurar que no participaron en la revuelta y quienes podían dormir pasaron la noche reflexionando sobre lo sucedido. No fue difícil apaciguar la revuelta, una vez los samurai entendieron qué sucedía se impusieron rápidamente y controlaron la situación, pero muchos de ellos, quienes habían vivido toda la vida creyendo en la absoluta verdad del orden celestial, se sentían confusos después de vislumbrar que aquellos que estaban por debajo, unidos, podían llegar a ser una fuerza temible y capaz de hundir el imperio, si tan solo alguien los liderara... ese pensamiento hizo estremecer a más de un curtido guerrero aquella noche.

A la mañana siguiente los 5 niños fueron convocados por el daymio Kitsune Ryukan, Hiruma Fugu fue veloz en ir a buscar un shugenja experimentado y este llegó a tiempo no solo para curar con sus plegarias a los kami al daimio, sino que gracias a los cuidados que le había proporcionado Agasha Sen pudo incluso hacer que recuperara el brazo. Cuando llegaron encontraron a un hombre de avanzada edad, con el pelo entrecano, la tez morena y una barba larga atada con un anillo en la mitad, destacaban en su cara dos grandes ojeras que el día anterior no tenía, sin duda debidas a la falta de reposo y al dolor padecido desde el día anterior. Los kami lo habían curado, sin embargo le haría falta reposo para estar bien del todo, pese a todo llamó a los jóvenes para cumplir con su deber como daimio y como hombre. Los mandó llamar al templo, pues el palacio no se había podido limpiar y arreglar, así que delante de las capillas de las fortunas dijo:
—Ayer prestasteis un gran servicio a mi clan y al imperio, pese a no ser samurai enfrentasteis al adversario con coraje y determinación, había vencido a experimentados guerreros y sabíais que no lo podíais detener pero lo enfrentasteis porque era vuestro deber. Desgraciadamente tras lo sucedido no podremos llevar a cabo el gempukku, es una lástima que en esta ocasión termine de este modo, sin embargo, vosotros, demostrasteis suficiente tenacidad, valor y entrega como para ser aprobados. A partir de hoy sois samurai, habéis pasado el gempukku.
Recibieron felicitaciones y saludaron con solemnidad a todos los presentes, después se bañaron para purificarse y empezar su nueva vida, aunque aún faltaba para que recibieran sus nombres de adulto. Ese mismo día partieron.

Bayushi Mitsuhide estaba se encontraba en el camino de regreso a casa con expresión seria, habían recorrido la mitad del camino cuando la mujer que lo acompañaba lo hizo detenerse y con crueldad le dijo —Bien, ya has pasado su gempukku, ahora viene el de verdad, tengo unas preguntas para ti, si no respondes puedes quedarte aquí mismo.
El clan Escorpión, el clan de los secretos, celebra dos gempukkus, uno de cara al público y uno desconocido solo para los miembros, por supuesto el primero no sirve de nada para ellos, el importante es el segundo y si algún miembro del clan no lo pasa las consecuencias son severas, rara vez hay segundas oportunidades para los escorpión, el fracaso es el fin. Sin embargo el fracaso sucede pocas veces, igual que sucede en la mayoría de clanes, pues hasta que el alumno no está listo ningún sensei permite que se presente a su gempukku. Y si el momento de estar listo no llega, cada clan actúa como le parece mejor, los escorpión hacen que esa persona desaparezca convenientemente y en silencio.
El trato que recibieron el resto de participantes que aprobaron el gempukku fue distinto, todos ellos recibieron una felicitación de su daimio, su familia y su sensei, después continuaron formándose y, aunque no era llamado gempukku, todos realizaron con mayor o menor éxito las tareas tradicionales de su clan para llegar a samurai: Hida Shotaro y Hiruma Fugu fueron a una expedición a las tierras sombrías donde demostraron sus mejores habilidades y volvieron con la cabeza de un oni, Matsu Emi golpeó repetidamente una caña de bambú y pasó tres días en una habitación llena de comida deliciosa ayunando y Agasha Sei meditó e intentó contactar con distintos kami durante 3 días y 3 noches. Ninguno se quejó, todos eran samurai, todos conocían sus obligaciones, todos sabían que la disciplina era la base de la vida de un samurai, como el metal en que está forjado una katana: si el metal era impuro la katana sería quebradiza y se rompería, sin disciplina el samurai no podía servir al propósito para el que había nacido.

Era a mediado de primavera cuando todos los bushi recibieron un mensaje de un magistrado imperial, debían acudir a Toshi Rambo, la capital del imperio. Todos partieron sin demora por el camino más rápido, los cangrejo usaron un barco para navegar rápidamente desde el puesto más al sur del imperio hasta el norte, sin embargo Hida Shotaro mostró una debilidad impropia de un samurai asustándose del mar.
Llegaron todos y después de saludar de forma apropiada a los encargados de las casas de cada clan en la ciudad fueron hasta la ochaya Loto rojo, la casa de te donde los habían convocado, pero el motivo de la carta y quién la enviaba seguía siendo un misterio. Entraron a través de las cortinas rojas sin dejar las armas, el interior era sobrio y elegante, sin los típicos excesos de aquellos lugares que querían parecer ricos, era un lugar de descanso donde un samurai podía ver reflejada su alma y sentirse a gusto. Un heimin se dirigió a ellos sin mirar a ninguno a la cara y les indicó que avanzasen a una sala dispuesta para ellos. Pese a lo sencillo del lugar era evidente que las pinturas que decoraban las puertas de papel eran obras de arte, los faroles que alumbraban el lugar estaban labrados a mano con cuidado y el amargo olor del te que flotaba en el pasillo era de un te delicioso cultivado con esmero, además la distribución del lugar denotaba la inteligencia del constructor: las paredes, pese a ser delgadas, debían contener algún material aislante en su interior y las puertas estaban situadas de tal forma que se tenía que ir expresamente a ellas, eso hacía que cada habitáculo fuese íntimo y confortable, solo leves murmullos ininteligibles y notas musicales lejanas se podían oír desde el pasillo, y si alguien murmuraba ni siquiera se oiría un fino hilo de voz. Por supuesto ningún samurai escucharía jamás una conversación ajena a escondidas y mucho menos pondría atención a palabras pronunciadas en privado para otro, el honor lo impedía, sin embargo no pocos debían agradecer esa privacidad extra.

Ya en la intimidad de su cámara hablaron entre ellos con confianza de saberse iguales —Estimados compañeros, alegra mis ojos volver a veros, no pensé que sería tan pronto que nuestros caminos se cruzarían y parece que hemos sido todos llamados por la misma persona, decidme ¿Conocéis el motivo? —preguntó Bayushi Mitsuhide.
—Ese es un misterio para todos, parece ser —respondió Matsu Emi.
—Diablos, espero que nos digan pronto qué hacer, el viaje ha sido un infierno y en la muralla se está mejor —dijo Hida Shotaro mientras sacaba una botella de sochu, una bebida con un fuerte y desagradable olor que consumían los campesinos y los borrachos.
—Hida Shotaro-san, veo que seguí siendo tan cortés como bravo, esa bebida es digna de vuestra persona —le dijo Bayushi Mitsuhide, pero no obtuvo respuesta porque Hiruma Fugu habló.
—Y tú, que eres mujer ¿No te vas a quedar embarazada? En nuestro clan eso es lo que hacen las mujeres — espetó a Matsu Emi ante la incredulidad de todos. La león estaba dispuesta a partir a Hiruma por la mitad, la rabia ardía en sus ojos, pero se calmó y respondió —En el clan Matsu las mujeres son guerreras, mejores que cualquier hombre, y si en la muralla estuviésemos las Matsu no tendríamos que defender nada, la muralla la construirían los oni de las tierras sombrías y bien se cuidarían de no dejar pasar a ninguna de nosotras, pero defiende el muro quien debería estar cultivando arroz.
Hubo un silencio tenso que se cortó cuando el heimin volvió a entrar, quizás era otro, pues los samurai rara vez prestaban atención a sus inferiores, pero repararon todos en que llevaba un pañuelo de seda de color verde como el jade, aunque según como le daba la luz cambiaba a tonos esmeralda y tenía destellos dorados y plateados. Ese pañuelo evocaba tanto los bosques más densos en primavera como el mar en un día claro, no era algo que pudiese tener un heimin porque no era algo que alguno de ellos pudiese tener, eso hizo que sospecharan y los puso en tensión —Samurai-sama, acompáñenme, por favor, les esperan en otra sala—. Siguieron nuevamente por los pasillos adentrándose más en las profundidades de la ochaya y a medida que avanzaban un sonido tranquilo y delicado iba apoderándose del ambiente, era la delicada melodía de un koto que estaba siendo rasgado con suavidad para que cada nota extraída sonase como un suspiro de amor o el primer rayo de sol del amanecer, las notas se mantenían en el aire en tensión esperando a las notas que nacían para sustituirlas y les dejaban paso muriendo lentamente. Tal era la emoción que transmitió aquella música a los samurai que dejaron de andar e incluso de respirar por temor que el más leve susurro o una brisa ligera ahuyentase la melodía, resbalase de sus oídos y se perdiese para siempre. Esperaron con solemnidad a que la canción terminara y solo entonces se atrevieron a respirar de nuevo, alguno con lágrimas en los ojos. El heimin abrió la puerta y en la pequeña sala vieron a dos mujeres: una era una geisha vestida con un kimono de seda adornado con pétalos de sakura, la cara maquillada y el moño tradicional, en el suelo, delante de ella, estaba el instrumento que tanto los había deleitado. La otra mujer estaba semi recostada, portaba un kimono negro y rojo lo suficientemente suelo como para que se viese su anatomía desnuda, ningún mon lo adornaba, su pelo negro caía suelto por encima de sus hombros y en una mano sujetaba una larga pipa metálica —Saludos, por favor, pasad —todos entran con dudas, saben que serán irrespetuosos, pero colocan su katana a su izquierda, donde pueden desenvainarla rápidamente —Mi nombre es Shosuro Tomoe, soy magistrada de jade, disculpad que os haya mandado llamar con tanta premura, sin embargo los recientes sucesos han obligado a actuar así. Hace poco tuvisteis vuestro gempukku en tierras Kitsune y allí hubo un hurto, al daimio del clan le quitaron cierta caja, es una caja misteriosa, solo puede ser abierta por shugenjas y su contenido... bueno, necesito que recuperéis esa caja. El ladrón es un ronin, su nombre era Kakita Nobunaga Mishiharo, era miembro del clan grulla, pero cayó en desgracia y toda su familia se hizo el seppuku, excepto él, claro. Vosotros ya habéis luchado contra él y como samurai jóvenes os podéis mover sin levantar sospechas. Os proporcionaré un salvoconducto que os permitirá viajar libremente por el imperio durante un año. En caso de necesidad podéis usar mi nombre— sonríe maliciosamente —también os daré caballos, como los del clan unicornio. Os sugiero que empecéis a buscar en Otosan Uchi, allí fue donde vivía su familia y quizás podáis encontrar alguna pista sobre su paradero ¿Tenéis alguna duda?
No hubo dudas, no hubo quejas, solo determinación, ese era su deber.

Salieron juntos del ochaya y caminaron hacia la zona de la ciudad donde se encontraban las casas de sus clanes, no era medio día y tenían el equipaje listo, si se afanaban podían salir de viaje de inmediato.
—Vamos a parar a comer antes de partir —dijo Hida Shotaro— quiero probar la comida típica de la ciudad.
—No hay tiempo para eso, si partimos ahora quizás podamos llegar a un poblado para pasar la noche, entonces comerás —dijo Bayushi Mitsuhide.
—Mejor comemos ahora —secundó Hiruma Fugu a su compañero— en el muro siempre procuramos tener la barriga llena antes de hacer nada...
Hiruma Fugu no terminó su frase ni Bayushi Mitsuhide pudo soltar la réplica cruel que quería cuando Matsu Emi susurró —Nos siguen.
Giraron una esquina y esperaron a su perseguidor, que no tardó en aparecer, llevaba una capa oscura y una capucha.
—Espero que puedas dar una buena explicación para tu comportamiento —dijo Bayushi Mitsuhide.
—¡Oh! Vaya, quería hablar con ustedes, nobles samurai, tengo una información que les puede ser muy útil.
—No escuchamos informaciones de personas encapuchadas ¿Quién eres?
—Digamos que soy un amigo, quiero que la misión que han empezado termine bien y puedo ayudarles. Si están dispuestos a escuchar pueden ganar más que perder y en cualquier caso no supondrá mucho tiempo.
—Di tu nombre primero.
—A su debido tiempo, antes vayamos a un lugar más íntimo.

Siguieron al encapuchado hasta una ochaya y se reunieron en una habitación, de forma abiertamente hostil todos colocaron su katana a su izquierda, dando a entender al desconocido que cualquier palabra fuera de lugar sería motivo suficiente para que perdiera la cabeza.
 —¿Dónde planean ir en primer lugar?
Todos callaron.
—No hablaremos con un desconocido sobre asuntos tan delicados.
—Supongo que tendré que presentarme, soy de la familia Otomo— dijo quitándose la capucha y sacó una caja que entregó a Matsu Emi, que parecía conocer al hombre— sé que la magistrado les ha encargado perseguir a Kakita Nobunaga Mishiharo, tengo especial interés en que lo encuentren e información que les puede ayudar, como he dicho, soy solo un amigo. Actualmente es un ronin que lidera un grupo de 100 ronin como él que se hacen llamar Santos blancos. Se encuentran en el bosque de Shinomen. Ustedes deciden donde ir, buenos días —se despidió mirando a la león.
—¿Entonces qué hacemos? Si la información es fiable es posible que podamos encontrarlo rápidamente, aunque tendremos que ver cómo enfrentamos a 100 ronin yo propongo ir hacia el bosque, parece que conoces a ese hombre, es decisión tuya, Matsu Emi-san —propuso Bayushi Mitsuhide.
—Me parece bien, vayamos al bosque —dijo Matsu Emi
—Yo quiero ir a comer —sentenció Hida Shotaro que recibió silencio como respuesta.

Cada uno se dirigió a la casa de su clan, al llegar allí Bayushi Mitsuhide encontró a un hombre vestido con las ropas naranjas y amarillas del clan Fenix, portaba el mon de los Shiba —Saludos, Bayushi Mitsuhide-san, es un placer encontrarle. He oído que está usted a punto de partir hacia Otosan Uchi y quisiera saber si sería tan amable de prestar una ayuda a mi clan —dijo sonriente el samurai. Bayushi Mitsuhide recordó una deuda que tenía con los Fenix del pasado, le debía mucho a ese clan y no podía negarse, seguramente el samurai que tenía delante también lo sabía.
—Desgraciadamente ha habido un cambio de planes y actualmente ya no me dirijo a Otosan Uchi, al contrario voy al bosque de Shinomori.
—Es realmente doloroso oír eso, sin embargo es posible que esté entre sus posibilidades volver a cambiar la ruta de su viaje, lo encontrará gratificante —Bayushi Mitsuhide estaba mortificándose, él había propuesto ir al bosque y ahora debería convencer a sus compañeros de viaje para volver a cambiar la ruta, sin un buen motivo no conseguiría hacerlo.
—Veré qué puedo hacer, pero seguro que quedamos todos satisfechos ¿Cuál es la naturaleza del favor que tendré a bien realizar?
—Verá, después de la destrucción de Otosan Uchi muchas cosas quedaron atrás, algunas reemplazables, otras muy valiosas. En el templo de los 10.000 pergaminos se encuentra el wakizashi de Shiba, quisiéramos que intente encontrarlo y nos informe sobre su situación.
—¿Solo quieren información? Podría traerlo.
—No, no lo haga, si lo toca ardería, solo un shugenja puede tocar ese wakizashi. Con la información bastará.

Habiéndose despedido del samurai Shiba, Bayushi Mitsuhide solicitó hablar con el administrador de la casa, pese a que el daimio ya había sido advertido acerca del viaje ue realizaría era adecuado solicitar permiso, pese a todo el permiso tardaría en llegar, debía viajar millas hasta tierras Escorpión, el administrador de la casa no tenía la autoridad para otorgarlo.
—Solicito permiso para partir, me dirigiré a Otosan Uchi ¿Requiere el clan algún tipo de servicio mientras me encuentre allí? Y necesitaré un mapa.

—Compañeros, he estudiado la situación del viaje, el camino más rápido para nuestros propósitos es pasando primero por Otosan Uchi, de ese modo podremos reunir información sobre Kakita Nobunaga Mishiharo y, tal vez, conocer sus propósitos, hay varias aldeas de paso por el camino y calculo que en 4 días habremos llegado, después podremos tomar el camino desde Otosan Uchi hacia el bosque de Shinomori, ese camino es mejor que el que tomaríamos desde aquí, así que podríamos viajar más rápido, mientras tanto he pedido a mi clan que investigue esos Santos blancos, si actúan en el bosque de Shinomori están cerca de tierras Escorpión, con esa información podremos prepararnos para luchar contra un hombre o contra un ejército.
Todos aceptaron visitar primero Otosan Uchi y Bayushi Mitsuhide respiró aliviado.

lunes, 20 de noviembre de 2017

Gempukku accidentado - Crónica 1

Así como el día precede la noche, así como las estaciones pasan y la vida y la muerte se alteran en ella, los niños crecen, aprenden y se convierten en samurai llegado el momento. Cada año en Rokugan cientos de niños intentan superar una prueba de iniciación que les otorgará un nuevo nombre, su nombre adulto, y determinará si están capacitados para servir con su sangre y la de sus enemigos al hijo del cielo. Cada clan tiene su propio gempukku con sus propias peculiaridades que hacen que los diferentes samurai se centren más en unos aspectos del bushido que en otros, no obstante a veces los clanes realizan gempukkus conjuntos para crear lazos de unión tanto entre los clanes como entre los futuros samurai, que se conocerán jóvenes y podrán hacer florecer una amistad duradera y conveniente al imperio. Hay quien piensa que algunos clanes usan estas ceremonias para obtener ventaja política tentando a los samurai más jóvenes con promesas de gloria, otros creen que hay quien las usa para intentar descubrir secretos del clan anfitrión o medir sus fuerzas. Sin embargo todos disfrutan el momento, los niños dejarán de serlo y están impacientes y para los samurai es la oportunidad de descansar de su rutina, viajar a otras tierras, encontrar antiguos conocidos y pasar unos días en un ambiente casi festivo.

Los miembros de los distintos clanes van llegando, el lugar de reunión es Kyuden Kitsune, la fortaleza del clan del zorro, un castillo situado entre tierras Grulla y Cangrejo, llegan jóvenes de todos los clanes, entre ellos Hida Shotaro y Hiruma Fugu, acompañados por otros miembros del clan Cangrejo; Agasha Sen, que llega junto a su sensei, un niño y un criado; Matsu Emi, acompañada por su sensei y Bayushi Mitsuhide, acompañado por cortesana, ambos con las caras cubiertas con sendos mempo que ocultaban unos rasgos delicados. Tal vez fue casualidad o tal vez influencia de los kami, todos ellos compartieron mesa la noche de su llegada, para todos era la primera vez que hablaban con alguien de otro clan y se mostraban recelosos y prudentes, excepto los Cangrejo, exultantes porque el siguiente día ya podrían beber. La conversación esa noche fue banal, pero resultó ser una semilla que germinaría en el futuro. Al grupo se acercó un samurai vestido con un kimono blanco sin mon, se mostraba alegre y desenfadado —Niños, todavía no tenéis edad para beber —dijo a Hida Shotaro cuando este sacó una botella de sochu de la que dio buena cuenta. Lo más destacable de ese hombre, lo que hacía que la mayoría de los presentes estuviese pendiente de él toda la noche, era su katana. Una magnífica vaina de color blanco con decoraciones de jade incrustadas creando surcos longitudinales, con un tsuba de oro finamente tallado y un tsuka en forma de dragón. Esa no era una katana cualquiera, solo elegidos podían llevarla, posiblemente costaba más que todo el castillo y las tierras Kitsune, ver esa katana despertaba admiración y envidia y nadie la había visto desenvainada aún. Sin embargo que alguien portase tal katana no era el principal motivo que centraba las sospechas en esa persona, había muchas espadas así y los samurai se topaban algunas veces en su vida con ellas y sus portadores, pero quienes las portaban eran famosos y esas espadas tenían un nombre que al ser pronunciado sugería las batallas que todos conocían, las gestas realizadas, todos los que la habían empuñado en algunos casos. Ese hombre era un desconocido. Su espada era desconocida. —¿Cuál es vuestro nombre, samurai-sama?— pregunto Bayushi Mitsuhide —Vosotros sois niños, quizás mañana merezcáis conocer mi nombre, pero hoy podéis llamarme Hitaro— esa respuesta hirió el orgullo de los jóvenes, que decidieron soportar lo que restaba de noche sin preguntar nada más y aguantando las burlas de su comensal.

A la mañana siguiente el sol brillaba y no se veía ninguna nube que empañara la mañana, los cielos podrían contemplar sin impedimentos la ceremonia y eso era un buen presagio que alegró a todos. Los Cangrejo se afanaban en colocarse sus armaduras, Agasha Sen fue a purificarse y meditar antes de sus pruebas y Matsu Emi desmontó su no-dachi para darle los cuidados apropiados solicitando para ello la ayuda de todos sus ancestros, un ritual al que dedicaba gran cantidad de tiempo pues nadie se toma más en serio que un león el dicho "La katana es el alma de un samurai". Bayushi Mitsuhide, quien había ido a inspeccionar el terreno y ver qué hacían sus posibles oponente, tal y como le habían enseñado desde la infancia. Había ido a los campos de duelo, pasado por entre las tiendas y al templo, allí se encontró con Hitaro quien estaba hablando con un criado que se largó corriendo tras oír una orden. Se encontraba en las afueras del pueblo cuando vio una nube de polvo en el horizonte —Esa debe ser la caballería Unicornio, tal y como cuentan las historias su llegada siembra el temor en los corazones de sus enemigos— sin embargo al fijarse detenidamente se dio cuenta de que se trataba de hombres corriendo, centenares, tal vez un millar, unos desnudos y otros vestidos, con cañas de bambú y armas de campesino ¡Eran ashigaru y estaban atacando!

Rápidamente el escorpión entró en el campamento para avisar a todos de la traición, sin embargo se encontró con que los sirvientes que iban arriba y abajo habían sacado puñales de entre sus ropajes y estaban atacando a todos los presentes, sin mucho tiempo para pensar vio que los jóvenes con los que había compartido la cena la noche anterior estaban cerca unos de otros y una era shugenja, el deber hacia el imperio es lo primero y ninguna sangre bushi vale nada comparado con la de un shugenja (y Bayushi Mitsuhide tampoco podía ignorar que tenía una deuda de gratitud con el clan Fenix), así pues se colocó al lado de la shugenja y llamó al resto para que la protegieran camino al castillo. Sin embargo Agasha Sen estaba pendiente del niño que la acompañaba y no pensaba moverse sin él, fueron Matsu Emi y Hida Shotaro quienes antes lo vieron y fueron a buscarlo, en su camino se encontraron con dos ashigaru (o tal vez ronin) con los que tuvieron que luchar, pero consiguieron rescatar al niño y al criado y volvieron a reunirse con el grupo. El plan inicial era ir al castillo, pero en el tiempo dedicado a la búsqueda del niño los ashigaru se habían desplegado formando un muro humano que impedía el paso, el ejército de mil hombres estaba al llegar y las murallas parecían la mejor opción, en ese momento de duda vieron entrar a Hitaro y todos supieron que podría haber problemas. Corrieron hacia delante acabando a golpes con quien se les opusiera, todos combatieron, sin embargo Matsu Emi mostró la legendaria furia león y terminó cubierta de sangre y provocó que más de un ashigaru receloso se apartase del camino.

Dentro del templo el panorama era desolador, Hitaro se encontraba de pie con la katana desenvainada rodeado por 12 cuerpos y frente al daymio Kitsune, ambos tenían la vista centrada en el otro y se concentraban para terminar con su oponente usando un único golpe que darían al desenvainar su espada, los jóvenes, sabiendo que estaban ante un duelo, se quedaron parados y callados, fue Kitsune-sama quien golpeó primero, pero su ataque dio en un espacio vacío, Hitaro se había movido y antes de que se pudiese apreciar el golpe el brazo de Kitsune-sama se había despegado de su cuerpo. Se agachó y cogió una pequeña caja cuando reparó en sus espectadores —Vaya, estáis aquí, muy bien, los samurai de verdad no han conseguido llegar— dijo sonriendo maliciosamente —ahora apartados y dejadme pasar y no os sucederá nada.
El aura de aquel hombre provocaba temor, la fuerza que había demostrado dejaba claro que era muy superior a ellos, sin embargo el deber lo es todo —No pasarás, tal vez no pueda vencerte, pero llegarán otros que sí podrán— respondió Bayushi Mitsuhide. Hitaro envainó su espada y la sujetó con la pose grulla de iaijutsu —Habéis demostrado que respetáis el bushido, muy bien, tenéis coraje, ahora largo y terminaré con la batalla de ahí fuera— —No— fue nuevamente la respuesta mientras todos se preparaban para afrontar la inevitable batalla, pero no sucedió lo que creían, un movimiento que no llegaron a ver, el aire en sus caras, el crujir de la madera, pasos ligeros. Hitaro cortó un pilar, aunque casi pareció que lo había cortado el viento, y salió corriendo. los jóvenes samurai apenas tuvieron tiempo de apartarse y de poco le fue a Agasha Sei, que de no ser por la rápida acción de Hida Shotaro habría resultado aplastada. Con el corazón furioso oyeron un cuerno sonar y salieron a tiempo de ver salir en retirada a todos los ashigaru mientras la shugenja convocaba la ayuda de los kami para curar al daymio Kitsune. Todos juraron venganza.