Nota: como puede ser complicado recordar quién es quién solo por los nombres hasta ahora escribía el apellido y el nombre, eso es engorroso para la lectura, de modo que a partir de ahora escribiré solo el nombre pero con el color de la familia: Azul para Cangrejo, Naranja para Fenix, Amarillo para León y Rojo para Escorpión.
El viaje fue apresurado y, pese a que
ninguno poseía una gran destreza en equitación y la fiereza natural
de aquellos caballos, transcurrió sin contratiempos. Llegaron a Mura
Nishi Chushin, una de las aldeas centrales cercanas a Otosan Uchi que
en el pasado servían como almacenes. Su cercanía a la antigua
capital y estar en una localización que la convertía en la última
ciudad de paso para cualquiera que fuese a la ciudad habían hecho
que creciese grande y próspera. Ahora, sin embargo, sus enormes
almacenes permanecían vacíos, las casas se encontraban en un estado
de deterioro lamentable y la mayoría de los habitantes se habían
ido. Los pocos que quedaban corrieron al ver llegar a los samurai,
los campesinos más que nadie eran conscientes de la volubilidad del
carácter de los bushi y preferían correr a avisar a alguien de su
rango para que hablase con ellos a intentarlo y terminar cortados en
dos, como muchas veces había sucedido en el pasado. Quizás la
mayoría de samurai fuesen piadosos, probablemente muchos entenderían
que un heimin carece de formación y pasarían por alto un
comportamiento indecoroso puntual, seguramente había pocos que
atacarían y sesgarían sus vidas sin una razón de mucho peso. Saber
eso no era nada reconfortante para los campesinos.
Antes de que llegaran a entrar al
pueblo un samurai salió a su encuentro:
—Saludos, bienvenidos a Mura Nishi
Chushin— vestía ropas viejas con el mon del clan tortuga y portaba
un daisho, de no ser por eso habría sido confundido con un vagabundo
insolente —Mi nombre es Kasuga Oniji, estoy al mando de este
poblado ¿Les puedo ayudar en algo?
—Estamos de camino a Otosan Uchi,
queremos pasar la noche en el pueblo —dijo Emi.
El samurai los acompañó hasta un
edificio que se veía abandonado, debía ser la hostería del pueblo
que en tiempos pasados alojó a mucha gente, cuando la ciudad
imperial estaba en sus momentos de gloria. Cada uno se acomodó en su
habitación, Shotaro y Fugu se preocuparon principalmente
de probar la comida local (arroz solo), Emi se entretuvo
cuidando sus armas y Mitsuhide recibió una visita inesperada
que le dejó un rollo de pergamino, la información que encontró en
los pergaminos le resultó preocupante: los Santos Blancos, el grupo
de ronin que casi persiguen, está formado por unos 100 ronin y 200
ahigaru. Era preocupante tener que enfrentarse ellos cuatro a
semejante ejército, pero más preocupante era que tal cantidad de
descastados se encontrasen tan cerca de las tierras Escorpión y su
clan no hubiese hecho nada. Se guardó la información y al día
siguiente partieron, en apenas unas horas de viaje llegaron a Otosan
Uchi, allí les salió al paso un ronin:
—Saludos samurai-sama ¿Qué os trae
a este lugar? El paso no está permitido para cualquiera— la
actitud del ronin irritó a Mitsuhide, quien odiaba
especialmente a los samurai sin señor, y no oculto la aversión que
le producía aquella persona.
—Venimos a realizar una misión del
emperador, condúcenos a tu daimio.
Pasaron por las ruinas penosas de la
ciudad, se podía apreciar un manto gris cubriendo la luz del sol, la
mancha sombría era algo conocido aquí y solo los Cangrejo estaban
acostumbrados a verla tan cerca, intuir la grandiosidad de la ciudad
que fueron antaño esas ruinas llenaba sus corazones de amargura.
Llegaron a un edificio en las afueras de la ciudad, en esa zona la
reconstrucción había sido un éxito y era el punto de partida desde
el que los ronin de la familia Yotsu afrontaban la forma de
reconstruir el resto.
Yotsu Ikemoto, el daimio de la familia
Yotsu, era un hombre grande, de brazos fuertes, llevaba un parche en
un ojo y se podía ver detrás una cicatriz que cruzaba su cara de
arruba a abajo, el poco pelo que le quedaba en la cabeza empezaba a
ser blanco y su piel estaba muy tostada por el sol tal y como suele
estar la piel de los ronin. Se reunieron en una pequeña sala repleta
de documentos
—Saludos, samurai-sama, es un honor
que personas como ustedes estén en nuestra presencia, sin embargo
podrán comprobar que este no es el mejor sitio para estar ¿Qué
puedo hacer por ustedes? —en ningún momento olvidó el samurai su
condición de ronin, quien habló primero fue Emi.
—Venimos
a investigar cierto tema relacionado con la familia Mishihiro del
clan Grulla que vivió en esta ciudad. Esperamos poder encontrar
alguna información útil en la casa familiar— Ikemoto se
mostró cauto en tanto no quería ofender a los samurai que tenía
delante pese a negarles la entrada a la ciudad
—Veo que tienen cierta urgencia, sin
embargo debo advertirles que cualquier esperanza que guarden de
encontrar algo en el interior de la ruinas es vana, hace tiempo que
fue todo saqueado o destruido por el fuego y los peligros dentro son
innumerables, recientemente vimos un oni no uguru, una gigantesca
criatura que hace temblar la tierra con sus pasos, y ni siquiera
nosotros nos adentramos ahora al interior de la ciudad hasta que
podamos solucionar el problema de su presencia. —su delicada
negativa no fue suficiente y Emi insistió:
—Es un asunto urgente el que nos trae
aquí, estamos dispuestos a enfrentar un oni si es necesario,
contamos con dos samurai expertos en esa labor.
—Entiendo su prisa, pero como
responsable de lo que suceda en la ciudad no puedo dejar que entren.
En esta ocasión Mitsuhide no
aguantó más y respondió:
—Estamos aquí por orden de la
magistrado de jade en una misión que puede afectar incluso al
emperador, no podemos seguir perdiendo el tiempo en discusiones
vanas, debemos entrar cuanto antes, contamos con su colaboración —el
gesto de Yotsu cambió al oír esas palabras y vio miradas de reproche de sus compañeros que recordaban que la magistrada pidió discrección, Ikemoto llamó a un sirviente
que fue a buscar a alguien. Al cabo de un momento entró un hombre
cargado de pergaminos y extendió un mapa sobre la mesa, lo estudió
unos momentos y después habló:
—Estamos aquí— dijo señalando un
punto en el borde del pergamino —ustedes quieren ir aquí— dijo
señalando otro punto bastante distante del primero. La ciudad en el
mapa se podía ver como si estuviese formada por anillos, ellos se
encontraban en un punto exterior del anillo más externo y el punto
al que deseaban llegar estaba en el segundo anillo, cada uno de los
anillos era una zona donde vivían las personas propias de esa casta.
Ikemoto dijo unas palabras que ninguno entendió al principio,
eso hizo que saliera de la sombras una criatura un poco más baja que
un humano y que andaba a dos patas, pero que tenía el cuerpo
cubierto de pelo y una cabeza de rata. Mitsuhide se alarmó
ante la presencia de la criatura, no confiaba en seres como aquel,
pero el resto de samurai apenas le dio importancia —Tik Tik os
guiará hasta allí, el mapa es anterior a la destrucción de la
ciudad y no sirve para avanzar, él conoce los peligros del camino.
Espero que recuerden mencionar al magistrado quién les ayudó.
—Por supuesto, recibirá esa
información.
El hombre recogió los mapas y se largó
mientras Yotsu ordenaba a un criado que preparase la cena para los
invitados, sin embargo Mitsuhide se excusó y siguió al
hombre:
—Disculpe ¿Podría dejarme los
mapas? Quisiera conocer mejor la ciudad antes de partir, a decir
verdad no me fio demasiado de los nezumi —pareció extrañado, pero
no lo hizo notar demasiado y le dejó los mapas que Bayushi estudió
durante unas horas para, al día siguiente, conocer la localización
del templo de los 10.000 pergaminos.
Avanzaron con cautela por la ciudad
medio en ruinas, el fuego había hecho un gran daño, el tiempo
también, pero en todos lados se notaba la influencia de las malditas
criaturas manchadas. El paso era lento y difícil, Tik Tik encabezaba
el grupo y medía bien cada pisada para no provocar ruidos
innecesarios, otros dos nezumi iban por delante para vigilar que no
hubiese ninguna criatura, los tres llevaban arcos y Tik Tik llevaba
una katana, varios momentos tuvieron que refugiarse entre las ruinas
para esconderse de las criaturas, los bushi se enfurecían cada vez
que se daba la situación, sin embargo sabían que un simple grito
sería el fin de todos ellos y aguantaban. Había pasado ya el medio
día y de poco no los pilla un grupo de trasgos cuando Mitsuhide se
negó a entrar en una casa en ruinas, la negación era porque odiaba
seguir órdenes de un nezumi y no por ganas de luchar, el
entrenamiento recibido en su clan le había enseñado a moverse de
forma discreta y golpear de forma inesperada y aceptaba esos métodos.
Finalmente entró en la casa refunfuñando y todos pudieron ver pasar
al poco rato a lo que debería denominarse como un escuadrón de
trasgos: estaban perfectamente organizados y marchaban en dos filas,
llevaban armas y y armaduras sacadas de las casas samurai en ruinas
y, aunque no estaban en buen estado, era indicativo de algo
siniestro. Si esa era la influencia del oni no uguru el peligro que
suponía era mayor del que la familia Yotsu pensaba.
Finalmente llegaron al anillo donde
vivían los samurai, en este lugar las casas se mantenían en mejores
condiciones dado que estaban mejor construidas y con mejores
materiales y el fuego no había alcanzado la zona. Era una casa
familiar del clan Grulla, el mon del clan se podía distinguir en
algunos puntos, aunque roto. En el jardín había una gran cantidad
de lápidas de madera con nombres escritos, seguramente no había
ningún cuerpo bajo tierra, pero alguien se tomó la molestia de
levantarlas en recuerdo de los que habían vivido allí. Entraron sin
mucho protocolo y se dirigieron cada uno a un lado de la casa,
Mitsuhide fue a la armería para comprobar si había alguna katana,
era un impulso irresistible para él admirar katanas y se sentía mal
al ver que tanto nezumi como trasgos portaban esas armas que eran
también el alma de valientes guerreros, Emi se dirigió hacia el
dojo a buscar cualquier indicio en el lugar donde los samurai más
tiempo pasaban y Fugu y Shotaro decidieron registrar los dormitorios.
Mitsuhide se llevó un disgusto al encontrar la armería
completamente vacía y Emi estaba registrando cuando oyeron la
potente voz de Shotaro decir:
—Lo tengo.
Había encontrado dos libretas en un
tablón bajo el tatami y la emoción lo llevó a gritar, todos
excepto el propio Shotaro se quedaron callados y Fugu fue corriendo
hacia él, que estaba ojeando las libretas.
—Shotaro-san, tenemos compañía,
prepárate para luchar.
Ambos se encontraron con diez trasgos
frente a ellos, Emi y Mitsuhide también se encontraron con grupos
que intentaban emboscarlos, el grito de Shotaro los había distraído
y puesto en alerta a todos los samurai y eso evitó que la emboscada
que preparaban tuviese el efecto fatal que podría haber tenido.
Atrapado en la armería frente a cuatro
enemigos, Mitsuhide desenvainó su katana y preparó su abanico, era
un abanico metálico del que sobresalía una hoja puntiaguda y
afilada de cada varilla, en mano expertas podía ser tan letal como
cualquier otra arma, pero el samurai escorpión lo usaba para
defenderse, la filosofía de su escuela consistía en esperar con
calma la oportunidad de golpear y hacer que cada golpe cuente, los
escorpión luchaban con ingenio, estudiando a sus oponentes, buscando
debilidades y picando en el momento oportuno como el animal del que
tomaban el nombre, a veces incluso usando venenos. Mitsuhide empezó
a apartar los golpes que le llegaban de todas direcciones.
—Solo parecía que estaban
organizados, pero no es así, copian lo que ven —pensaba mientras
mantenía atrás su katana a punto de golpear y usaba el abanico para
protegerse —si son tan idiotas les voy a tender una trampa.
Entonces bajó el abanico y vio que las
criaturas bajaban la espada, lo subió y ellos subieron y repitió
ese patrón de movimiento unas cuantas veces hasta que estuvo seguro
de poder atacar, cada vez que subía el abanico las criaturas
levantaban la espada más de lo normal por encima de la cabeza,
dejando descubierto el cuello, rechazó el último espadazo con más
fuerza de lo necesario y sin siquiera gritar giró sobre la punta de
su pie izquierdo mientras adelantaba el derecho, se dio la vuelta y
avanzó dos pasos con calma, momentos después las criaturas cayeron
en el suelo en el lugar donde Mitsuhide había estado hasta ese
momento, ahora ya se encontraba limpiando su katana, no soportaba
verla manchada de sangre.
Fugu y Shotaro se estaban defendiendo
como podían, Shotaro no había sido pillado por sorpresa, pero en su
búsqueda había dejaso su tetsubo a un lado, pero incluso después
de recuperarlo no podía luchar en ese lugar tan estrecho con ese
arma tan grande y los trasgos los estaban hostigando despacio pero
con seguridad. Fugu no tenía problema en defenderse pero no
encontraba el momento de atacar debido a que los demás aprovecharían
el momento para acabar con él, Shotaro se estaba enfadando, si el
samurai era fácil de molestar normalmente la situación vivida
durante todo el día y las molestias de esta lucha lo habían llevado
al límite de su furia, ignorando su propia seguridad rugió con
rabia y dio un golpe que aplastó a tres trasgos, Fugu aprovechó ese
momento para dar un golpe certero a otro, que también cayó, pero el
resto, entendiendo la amenaza que suponía Shotaro, se lanzaron
contra él y lo hirieron de gravedad, Fugu tuvo que volver a
defenderse mientras Hida siguió con furia, pese a sus heridas
consiguió levantar el inmenso tetsubo y acabar con la vida de otro
trasgo para después caer.
Emi se encontró con ocho trasgos
frente a ella, sus ojos se entornaron y entre una respiración y otra
cuatro de ellos se vieron partidos por la mitad. La escuela Matsu
enseñaba que el primer golpe debe ser el único golpe y Emi era un
fiel reflejo de la forma de entender el mundo de las Matsu. Los
cuatro trasgos restantes sintieron miedo por primera vez en su vida,
sabían que habían encontrado una existencia que podía eliminarlos
sin contemplaciones, como un kami furioso, no eran nada ante aquella
samurai de mirada penetrante que había decido acabar con sus vidas,
pero no tenían escapatoria, así que se lanzaron contra ella con
todo. Las katanas robadas que blandían hendieron su carne y la
cortaron, la armadura de poco sirvió, pero ella no se quejó, estaba
acostumbrada al dolor, simplemente levantó su no-dachi y descenció
en un hermoso arco, al finalizar su movimiento ella era la única con
vida. Eso era lo único que importaba en un combate.
Al oír los gritos de dolor de Shotaro,
Emi atravesó corriendo las paredes de madera y papel de la casa
hasta caer con furia delante de los trasgos y a la espalda de estos
apareció Mitsuhide, flanqueados por los samurai los trasgos no
tenían escapatoria y su lucha fue vana, pronto el último cayó al
suelo sin poder provocar ni el más mínimo daño.
Después de limpiar sus katanas, ayudar
a Shotaro y Emi y recuperar el resuello pensaron qué hacer, las
heridas del cangrejo eran graves, lo suficientes como para no poder
avanzar con seguridad por la ciudad maldita, las heridas de Emi no
eran tan graves pero sin duda serían un inconveniente en batalla,
estaban atrapados en aquella casa y por la noche serían un blanco
fácil, entonces llegó Tik Tik.
—Debemos avanzar deprisa viene el oni
—el nezumi hablaba muy rápido casi sin espacio entre las palabras.
—No podemos, ellos dos están
heridos, si seguimos con ellos nos ponemos en riesgo... —en las
palabras de Mitsuhide estaba implícita una segunda opción que no
quería pronunciar en voz alta— además se ha hecho muy tarde,
contando el tiempo que tardamos en llegar aquí se hará de noche
antes de que abandonemos la ciudad, pero en el mapa la zona de los
templos estaba cerca, quizás nos podamos refugiar allí hasta la
mañana, quizás los kami la hayan protegido —recordaba aquel
mensajero fenix que le pidió un favor y recordaba la cara de aquella
chica por la que debía cumplir esa petición del clan fenix. Tik Tik
lo miró un momento fijamente sin moverse, quizás era la forma
nezumi de pensar, entonces extrajo de sus ropas un pequeño paquete
envuento en tela blanca, dentro había varias hojas grandes y otras
telas formando paquetes más pequeños, movió sus garras con
habilidad y mezcló unos polvos con un poco de sake en su mano,
después puso algunas hierbas y finalmente extendió la pasta sobre
las heridas de Emi y Shotaro, la acción fu tan inesperada que
ninguno tuvo tiempo para protestar, finalmente tapó esa pasta con
las hojas más grandes y pronunció unas palabras mientras tenía sus
manos sobre las frentes de los samurais. Un golpe invisible golpeó a
los samurai y al momento Emi y Shotaro recuperaron el color en su
cara y se incorporaron, las hojas cayeron al suelo y debajo no había
ni rastro ni de pasta ni de heridas.
—Iremos a los templos pasaremos la
noche vamos deprisa.
Salieron y vieron los cuerpos de cinco
trasgos cerca llenos de flechas, los nezumi se habían ocupado de
ellos, emprendieron la marcha y no tardaron mucho en ver el anillo de
los templos, al verlo aceleraron el paso, descuidando la prudencia,
un trasgo los vio y salió corriendo, pese a lanzarle flechas no
acertaron y momentos después un temblor en el suelo los advertía de
la presencia del oni que Ikemoto les había advertido, era demasiado
tarde, la criatura los había visto, su cabeza sobresalía por encima
de los tejados, medía más de cinco metros y en las manos llevaba el
tronco de un árbol a modo de garrote. Cargó contra ellos
destruyendo cualquier casa que hubiese en su camino, apenas tuvieron
tiempo de prepararse:
—Vosotros al tejado —gritó
Mitsuhide a los nezumi— usad los arcos. Vosotros dos atraed su
atención, Fugu y yo lo atacaremos por la espalda, a los tendones.
Fugu y Mitsuhide salieron corriendo uno
a izquierda y otro a derecha para camuflarse entre los escombros y
atacar, Shotaro se preparó para esquivar el golpe y los nezumi ya
estaban en los tejados cercanos con el arco preparado, pero Emi se
quedó plantada en medio de la calle sin moverse lo más mínimo,
inspiró profundamente y supo que tenía tomaría aliento tres veces
antes de que el oni la alcanzara. Cerró los ojos y dio las gracias a
sus ancestros por permitirle vivir ese momento. Espiró y sacó su
no-dachi de la vaina con calma y se colocó en posición jodan, con
la espada por encima de la cabeza y los codos separados. Inspiró y
recordó a su familia y maestra, pensó en su hermana. Espiró y
abrió los ojos, el oni estaba a apenas unos metros, separó sus pies
la distancia de sus hombros. Inspiró, dios dos pasos y saltó
mientras empezaba a bajar la no-dachi, la hoja pareció iluminada por
una luz dorada durante un instante, un grito de dolor recorrió la
ciudad pero el grito de Emi lo hizo apenas audible. El oni cayó
cortado desde el hombro a la cadera mientras la bushi león agitaba
su arma para eliminar el remanente de sangre.
En silencio llegaron a la zona de los
templos, ninguno quiso comentar nada de lo que acababa de suceder,
todos habían pensado en la muerte y alguno en escapar pese a la
deshonra que eso supondría, ninguno dijo nada de esa luz dorada ni
de la calma que parecía rodear a la bushi momento antes del golpe y
Emi tampoco dijo nada, simplemente siguió su camino. Los trasgos no
se acercaron más al grupo y no costó encontrar el templo de los
diez mil pergaminos. Toda la zona estaba en mejores condiciones que
el resto de la ciudad, hasta el punto que con una ligera limpieza
sería habitable y permitía ver el esplendor de la antigua capital.
El templo también estaba intacto, pero vacío, solo hileras de
estantes una tras otra. Una gran decepción invadió el ánimo de
Mitsuhide, pero sabía que no sería llegar y triunfar, su búsqueda
no debía ser algo simple. Encontraron una escalera y ascendieron al
segundo piso, pero encontraron lo mismo. Y el tercero y el cuarto.
Hasta llegar al quinto. Allí encontraron dos puertas metálicas de
color dorado con relieves que mostraban la vida del kami Shiba. Las
puertas estaban intactas pese a que había huellas de trasgo visibles
delante, Mitsuhide se adelantó y empujó las puertas, que se
abrieron sin dificultad. Los otros samurai lo miraban extrañados,
pues parecía que sabía exactamente lo que estaba haciendo, pero
ninguno quiso anunciar sus sospechas en voz alta.
Detrás de las puertas había una sala
grande con tatami y en la pared de en frente había un wakizashi
resplandeciente, dorado y rojo, no parecía tener nada inusual, pero
era bello. En las otras dos paredes había un kimono con los colores
del clan Fenix y un rollo de pergamino sellado. Mitsuhide supuso que
también eran del kami Shiba y se alegró, no solo cumplía el pedido
del clan Fenix, además había encontrado otras dos pertenencias del
kami y quizás con eso su deuda quedara saldada del todo, quizás
incluso estarían en deuda con él y podría otorgar ese favor a su
daimio para limpiar el nombre de su familia completamente y el clan
podría realizar algunos matrimonios ventajosos. Sus compañeros
avanzaban mientras el maquinaba qué sería lo mejor para él y su
clan y tuvo que apresurarse a hablar cuando vio que estaban
dispuestos a coger los objetos.
—¡Alto! No toquéis nada.
—¿Sucede algo? — dijo Emi
—Estos objetos son del clan Fenix y
si notáis lo mismo que yo sabréis que son cosas de shugenjas, es
mejor no tocarlos —lo dijo pensando que ninguno admitiría no
sentir algo que él sí había sentido, aunque esa sensación no
existiese, apelar al orgullo era una forma de control que los
escorpión aprendían desde pequeños.
—Quizás tengas razón, mejor no los
toquemos.
—Tal y como dijimos, esperaremos aquí
hasta el amanecer —mientras decía eso Mitsuhide estaba pensando
cuán real era la posibilidad de arder por tocar un arma y lo mayor
que sería el beneficio si podía llevar ya los objetos al clan
Fenix. Sus propias inquietudes los asustaron, había aprendido a no
usar las emociones, ese error había condenado a su familia y no
podía caer en él, así que se sentó a meditar delante del
wakizashi— Tal vez un kami me ilumine sobre qué hacer si me calmo.
Pasaron las horas mientras estaban
descansando y se distraían como podían, saberse encerrados en una
habitación en una ciudad repleta de criaturas los inquietaba, pero
aparecieron los primeros rayos de sol y con ellos oyeron ruidos, en
el templo. Temieron lo peor, pero por la puerta entró Yotsu Ikemoto
junto a otro hombre que cargaba unos pergaminos, lo que lo
identificaba como a un shugenja, a su espalda había un nezumi,
quizás uno de los que los había acompañado puesto que solo Tik Tik
se había quedado con ellos.
—¡Vaya sorpresa por
partida doble! —exclamó con felicidad— parece que por fin las
cosas empiezan a mejorar. Primero hemos sabido que el oni no uguru
había muerto y las criaturas que los seguían estaban demasiado
asustadas como para asomar la cabeza. El camino hasta aquí ha sido
tranquilo, de hecho hemos venido a caballo y abajo os esperan unas
monturas para volver. Muchas gracias, Emi-sama, ha hecho un gran
servicio al imperio y será recordado, si alguna vez puedo ayudaros
en algo no dudéis en decírmelo —la miraba fijamente mientras
hablaba y se podía ver sincera gratitud en su expresión, después
su mirada pasó a Mitsuhide y parecía que iba a hablar pero el
hombre que tenía detrás lo hizo antes.
—Y tú has encontrado
algo bastante increible, esas puertas llevaban cerradas muchos años
y no han podido ser dañadas siquiera, pareciera que un kami
bondadoso ha guiado tus pasos hasta aquí pues este sitio no estaba
ni remótamente cerca o de camino respecto al que os dirigíais, pero
vinisteis aquí, abriste la puerta y tuviste el buen tino de no tocar
ese wakizashi. Es el del kami Shiba, de tocarlo alguien habría
ardido, ni yo me atrevo a hacerlo, posiblemente solo alguien poderoso
del clan Fenix sea capaz —una expresión de espanto pasó por la
cara de los tres samurai al oír eso, los tres habían pensado en
coger el wakizashi durante esas eternas horas de espera— Este
descubrimiento va a ser muy importante, pero ahora salgamos.
Al salir el shugenja cerró la puerta y
las juntas de esta empezaron a brillar, cuando el brillo se detuvo el
metal había dejado de tener junturas y era inamovible. Partieron
hacia la fortaleza Yotsu con calma, la ciudad estaba tranquila y
silenciosa.