La noche transcurrió plácida, las estrellas y la luna iluminaban el campamento con una luz pálida y el aleteo nocturno de un buho o el canto caprichoso de las cigarras eran reconfortantes y tranquilizadores, sin embargo no durmió nadie. Un numeroso grupo de samurai estaban vigilando las afueras del campamento, todos los sirvientes que se quedaron en las tierras Kitsune habían sido detenidos temporalmente hasta asegurar que no participaron en la revuelta y quienes podían dormir pasaron la noche reflexionando sobre lo sucedido. No fue difícil apaciguar la revuelta, una vez los samurai entendieron qué sucedía se impusieron rápidamente y controlaron la situación, pero muchos de ellos, quienes habían vivido toda la vida creyendo en la absoluta verdad del orden celestial, se sentían confusos después de vislumbrar que aquellos que estaban por debajo, unidos, podían llegar a ser una fuerza temible y capaz de hundir el imperio, si tan solo alguien los liderara... ese pensamiento hizo estremecer a más de un curtido guerrero aquella noche.
A la mañana siguiente los 5 niños fueron convocados por el daymio Kitsune Ryukan, Hiruma Fugu fue veloz en ir a buscar un shugenja experimentado y este llegó a tiempo no solo para curar con sus plegarias a los kami al daimio, sino que gracias a los cuidados que le había proporcionado Agasha Sen pudo incluso hacer que recuperara el brazo. Cuando llegaron encontraron a un hombre de avanzada edad, con el pelo entrecano, la tez morena y una barba larga atada con un anillo en la mitad, destacaban en su cara dos grandes ojeras que el día anterior no tenía, sin duda debidas a la falta de reposo y al dolor padecido desde el día anterior. Los kami lo habían curado, sin embargo le haría falta reposo para estar bien del todo, pese a todo llamó a los jóvenes para cumplir con su deber como daimio y como hombre. Los mandó llamar al templo, pues el palacio no se había podido limpiar y arreglar, así que delante de las capillas de las fortunas dijo:
—Ayer prestasteis un gran servicio a mi clan y al imperio, pese a no ser samurai enfrentasteis al adversario con coraje y determinación, había vencido a experimentados guerreros y sabíais que no lo podíais detener pero lo enfrentasteis porque era vuestro deber. Desgraciadamente tras lo sucedido no podremos llevar a cabo el gempukku, es una lástima que en esta ocasión termine de este modo, sin embargo, vosotros, demostrasteis suficiente tenacidad, valor y entrega como para ser aprobados. A partir de hoy sois samurai, habéis pasado el gempukku.
Recibieron felicitaciones y saludaron con solemnidad a todos los presentes, después se bañaron para purificarse y empezar su nueva vida, aunque aún faltaba para que recibieran sus nombres de adulto. Ese mismo día partieron.
Bayushi Mitsuhide estaba se encontraba en el camino de regreso a casa con expresión seria, habían recorrido la mitad del camino cuando la mujer que lo acompañaba lo hizo detenerse y con crueldad le dijo —Bien, ya has pasado su gempukku, ahora viene el de verdad, tengo unas preguntas para ti, si no respondes puedes quedarte aquí mismo.
El clan Escorpión, el clan de los secretos, celebra dos gempukkus, uno de cara al público y uno desconocido solo para los miembros, por supuesto el primero no sirve de nada para ellos, el importante es el segundo y si algún miembro del clan no lo pasa las consecuencias son severas, rara vez hay segundas oportunidades para los escorpión, el fracaso es el fin. Sin embargo el fracaso sucede pocas veces, igual que sucede en la mayoría de clanes, pues hasta que el alumno no está listo ningún sensei permite que se presente a su gempukku. Y si el momento de estar listo no llega, cada clan actúa como le parece mejor, los escorpión hacen que esa persona desaparezca convenientemente y en silencio.
El trato que recibieron el resto de participantes que aprobaron el gempukku fue distinto, todos ellos recibieron una felicitación de su daimio, su familia y su sensei, después continuaron formándose y, aunque no era llamado gempukku, todos realizaron con mayor o menor éxito las tareas tradicionales de su clan para llegar a samurai: Hida Shotaro y Hiruma Fugu fueron a una expedición a las tierras sombrías donde demostraron sus mejores habilidades y volvieron con la cabeza de un oni, Matsu Emi golpeó repetidamente una caña de bambú y pasó tres días en una habitación llena de comida deliciosa ayunando y Agasha Sei meditó e intentó contactar con distintos kami durante 3 días y 3 noches. Ninguno se quejó, todos eran samurai, todos conocían sus obligaciones, todos sabían que la disciplina era la base de la vida de un samurai, como el metal en que está forjado una katana: si el metal era impuro la katana sería quebradiza y se rompería, sin disciplina el samurai no podía servir al propósito para el que había nacido.
Era a mediado de primavera cuando todos los bushi recibieron un mensaje de un magistrado imperial, debían acudir a Toshi Rambo, la capital del imperio. Todos partieron sin demora por el camino más rápido, los cangrejo usaron un barco para navegar rápidamente desde el puesto más al sur del imperio hasta el norte, sin embargo Hida Shotaro mostró una debilidad impropia de un samurai asustándose del mar.
Llegaron todos y después de saludar de forma apropiada a los encargados de las casas de cada clan en la ciudad fueron hasta la ochaya Loto rojo, la casa de te donde los habían convocado, pero el motivo de la carta y quién la enviaba seguía siendo un misterio. Entraron a través de las cortinas rojas sin dejar las armas, el interior era sobrio y elegante, sin los típicos excesos de aquellos lugares que querían parecer ricos, era un lugar de descanso donde un samurai podía ver reflejada su alma y sentirse a gusto. Un heimin se dirigió a ellos sin mirar a ninguno a la cara y les indicó que avanzasen a una sala dispuesta para ellos. Pese a lo sencillo del lugar era evidente que las pinturas que decoraban las puertas de papel eran obras de arte, los faroles que alumbraban el lugar estaban labrados a mano con cuidado y el amargo olor del te que flotaba en el pasillo era de un te delicioso cultivado con esmero, además la distribución del lugar denotaba la inteligencia del constructor: las paredes, pese a ser delgadas, debían contener algún material aislante en su interior y las puertas estaban situadas de tal forma que se tenía que ir expresamente a ellas, eso hacía que cada habitáculo fuese íntimo y confortable, solo leves murmullos ininteligibles y notas musicales lejanas se podían oír desde el pasillo, y si alguien murmuraba ni siquiera se oiría un fino hilo de voz. Por supuesto ningún samurai escucharía jamás una conversación ajena a escondidas y mucho menos pondría atención a palabras pronunciadas en privado para otro, el honor lo impedía, sin embargo no pocos debían agradecer esa privacidad extra.
Ya en la intimidad de su cámara hablaron entre ellos con confianza de saberse iguales —Estimados compañeros, alegra mis ojos volver a veros, no pensé que sería tan pronto que nuestros caminos se cruzarían y parece que hemos sido todos llamados por la misma persona, decidme ¿Conocéis el motivo? —preguntó Bayushi Mitsuhide.
—Ese es un misterio para todos, parece ser —respondió Matsu Emi.
—Diablos, espero que nos digan pronto qué hacer, el viaje ha sido un infierno y en la muralla se está mejor —dijo Hida Shotaro mientras sacaba una botella de sochu, una bebida con un fuerte y desagradable olor que consumían los campesinos y los borrachos.
—Hida Shotaro-san, veo que seguí siendo tan cortés como bravo, esa bebida es digna de vuestra persona —le dijo Bayushi Mitsuhide, pero no obtuvo respuesta porque Hiruma Fugu habló.
—Y tú, que eres mujer ¿No te vas a quedar embarazada? En nuestro clan eso es lo que hacen las mujeres — espetó a Matsu Emi ante la incredulidad de todos. La león estaba dispuesta a partir a Hiruma por la mitad, la rabia ardía en sus ojos, pero se calmó y respondió —En el clan Matsu las mujeres son guerreras, mejores que cualquier hombre, y si en la muralla estuviésemos las Matsu no tendríamos que defender nada, la muralla la construirían los oni de las tierras sombrías y bien se cuidarían de no dejar pasar a ninguna de nosotras, pero defiende el muro quien debería estar cultivando arroz.
Hubo un silencio tenso que se cortó cuando el heimin volvió a entrar, quizás era otro, pues los samurai rara vez prestaban atención a sus inferiores, pero repararon todos en que llevaba un pañuelo de seda de color verde como el jade, aunque según como le daba la luz cambiaba a tonos esmeralda y tenía destellos dorados y plateados. Ese pañuelo evocaba tanto los bosques más densos en primavera como el mar en un día claro, no era algo que pudiese tener un heimin porque no era algo que alguno de ellos pudiese tener, eso hizo que sospecharan y los puso en tensión —Samurai-sama, acompáñenme, por favor, les esperan en otra sala—. Siguieron nuevamente por los pasillos adentrándose más en las profundidades de la ochaya y a medida que avanzaban un sonido tranquilo y delicado iba apoderándose del ambiente, era la delicada melodía de un koto que estaba siendo rasgado con suavidad para que cada nota extraída sonase como un suspiro de amor o el primer rayo de sol del amanecer, las notas se mantenían en el aire en tensión esperando a las notas que nacían para sustituirlas y les dejaban paso muriendo lentamente. Tal era la emoción que transmitió aquella música a los samurai que dejaron de andar e incluso de respirar por temor que el más leve susurro o una brisa ligera ahuyentase la melodía, resbalase de sus oídos y se perdiese para siempre. Esperaron con solemnidad a que la canción terminara y solo entonces se atrevieron a respirar de nuevo, alguno con lágrimas en los ojos. El heimin abrió la puerta y en la pequeña sala vieron a dos mujeres: una era una geisha vestida con un kimono de seda adornado con pétalos de sakura, la cara maquillada y el moño tradicional, en el suelo, delante de ella, estaba el instrumento que tanto los había deleitado. La otra mujer estaba semi recostada, portaba un kimono negro y rojo lo suficientemente suelo como para que se viese su anatomía desnuda, ningún mon lo adornaba, su pelo negro caía suelto por encima de sus hombros y en una mano sujetaba una larga pipa metálica —Saludos, por favor, pasad —todos entran con dudas, saben que serán irrespetuosos, pero colocan su katana a su izquierda, donde pueden desenvainarla rápidamente —Mi nombre es Shosuro Tomoe, soy magistrada de jade, disculpad que os haya mandado llamar con tanta premura, sin embargo los recientes sucesos han obligado a actuar así. Hace poco tuvisteis vuestro gempukku en tierras Kitsune y allí hubo un hurto, al daimio del clan le quitaron cierta caja, es una caja misteriosa, solo puede ser abierta por shugenjas y su contenido... bueno, necesito que recuperéis esa caja. El ladrón es un ronin, su nombre era Kakita Nobunaga Mishiharo, era miembro del clan grulla, pero cayó en desgracia y toda su familia se hizo el seppuku, excepto él, claro. Vosotros ya habéis luchado contra él y como samurai jóvenes os podéis mover sin levantar sospechas. Os proporcionaré un salvoconducto que os permitirá viajar libremente por el imperio durante un año. En caso de necesidad podéis usar mi nombre— sonríe maliciosamente —también os daré caballos, como los del clan unicornio. Os sugiero que empecéis a buscar en Otosan Uchi, allí fue donde vivía su familia y quizás podáis encontrar alguna pista sobre su paradero ¿Tenéis alguna duda?
No hubo dudas, no hubo quejas, solo determinación, ese era su deber.
Salieron juntos del ochaya y caminaron hacia la zona de la ciudad donde se encontraban las casas de sus clanes, no era medio día y tenían el equipaje listo, si se afanaban podían salir de viaje de inmediato.
—Vamos a parar a comer antes de partir —dijo Hida Shotaro— quiero probar la comida típica de la ciudad.
—No hay tiempo para eso, si partimos ahora quizás podamos llegar a un poblado para pasar la noche, entonces comerás —dijo Bayushi Mitsuhide.
—Mejor comemos ahora —secundó Hiruma Fugu a su compañero— en el muro siempre procuramos tener la barriga llena antes de hacer nada...
Hiruma Fugu no terminó su frase ni Bayushi Mitsuhide pudo soltar la réplica cruel que quería cuando Matsu Emi susurró —Nos siguen.
Giraron una esquina y esperaron a su perseguidor, que no tardó en aparecer, llevaba una capa oscura y una capucha.
—Espero que puedas dar una buena explicación para tu comportamiento —dijo Bayushi Mitsuhide.
—¡Oh! Vaya, quería hablar con ustedes, nobles samurai, tengo una información que les puede ser muy útil.
—No escuchamos informaciones de personas encapuchadas ¿Quién eres?
—Digamos que soy un amigo, quiero que la misión que han empezado termine bien y puedo ayudarles. Si están dispuestos a escuchar pueden ganar más que perder y en cualquier caso no supondrá mucho tiempo.
—Di tu nombre primero.
—A su debido tiempo, antes vayamos a un lugar más íntimo.
Siguieron al encapuchado hasta una ochaya y se reunieron en una habitación, de forma abiertamente hostil todos colocaron su katana a su izquierda, dando a entender al desconocido que cualquier palabra fuera de lugar sería motivo suficiente para que perdiera la cabeza.
—¿Dónde planean ir en primer lugar?
Todos callaron.
—No hablaremos con un desconocido sobre asuntos tan delicados.
—Supongo que tendré que presentarme, soy de la familia Otomo— dijo quitándose la capucha y sacó una caja que entregó a Matsu Emi, que parecía conocer al hombre— sé que la magistrado les ha encargado perseguir a Kakita Nobunaga Mishiharo, tengo especial interés en que lo encuentren e información que les puede ayudar, como he dicho, soy solo un amigo. Actualmente es un ronin que lidera un grupo de 100 ronin como él que se hacen llamar Santos blancos. Se encuentran en el bosque de Shinomen. Ustedes deciden donde ir, buenos días —se despidió mirando a la león.
—¿Entonces qué hacemos? Si la información es fiable es posible que podamos encontrarlo rápidamente, aunque tendremos que ver cómo enfrentamos a 100 ronin yo propongo ir hacia el bosque, parece que conoces a ese hombre, es decisión tuya, Matsu Emi-san —propuso Bayushi Mitsuhide.
—Me parece bien, vayamos al bosque —dijo Matsu Emi
—Yo quiero ir a comer —sentenció Hida Shotaro que recibió silencio como respuesta.
Cada uno se dirigió a la casa de su clan, al llegar allí Bayushi Mitsuhide encontró a un hombre vestido con las ropas naranjas y amarillas del clan Fenix, portaba el mon de los Shiba —Saludos, Bayushi Mitsuhide-san, es un placer encontrarle. He oído que está usted a punto de partir hacia Otosan Uchi y quisiera saber si sería tan amable de prestar una ayuda a mi clan —dijo sonriente el samurai. Bayushi Mitsuhide recordó una deuda que tenía con los Fenix del pasado, le debía mucho a ese clan y no podía negarse, seguramente el samurai que tenía delante también lo sabía.
—Desgraciadamente ha habido un cambio de planes y actualmente ya no me dirijo a Otosan Uchi, al contrario voy al bosque de Shinomori.
—Es realmente doloroso oír eso, sin embargo es posible que esté entre sus posibilidades volver a cambiar la ruta de su viaje, lo encontrará gratificante —Bayushi Mitsuhide estaba mortificándose, él había propuesto ir al bosque y ahora debería convencer a sus compañeros de viaje para volver a cambiar la ruta, sin un buen motivo no conseguiría hacerlo.
—Veré qué puedo hacer, pero seguro que quedamos todos satisfechos ¿Cuál es la naturaleza del favor que tendré a bien realizar?
—Verá, después de la destrucción de Otosan Uchi muchas cosas quedaron atrás, algunas reemplazables, otras muy valiosas. En el templo de los 10.000 pergaminos se encuentra el wakizashi de Shiba, quisiéramos que intente encontrarlo y nos informe sobre su situación.
—¿Solo quieren información? Podría traerlo.
—No, no lo haga, si lo toca ardería, solo un shugenja puede tocar ese wakizashi. Con la información bastará.
Habiéndose despedido del samurai Shiba, Bayushi Mitsuhide solicitó hablar con el administrador de la casa, pese a que el daimio ya había sido advertido acerca del viaje ue realizaría era adecuado solicitar permiso, pese a todo el permiso tardaría en llegar, debía viajar millas hasta tierras Escorpión, el administrador de la casa no tenía la autoridad para otorgarlo.
—Solicito permiso para partir, me dirigiré a Otosan Uchi ¿Requiere el clan algún tipo de servicio mientras me encuentre allí? Y necesitaré un mapa.
—Compañeros, he estudiado la situación del viaje, el camino más rápido para nuestros propósitos es pasando primero por Otosan Uchi, de ese modo podremos reunir información sobre Kakita Nobunaga Mishiharo y, tal vez, conocer sus propósitos, hay varias aldeas de paso por el camino y calculo que en 4 días habremos llegado, después podremos tomar el camino desde Otosan Uchi hacia el bosque de Shinomori, ese camino es mejor que el que tomaríamos desde aquí, así que podríamos viajar más rápido, mientras tanto he pedido a mi clan que investigue esos Santos blancos, si actúan en el bosque de Shinomori están cerca de tierras Escorpión, con esa información podremos prepararnos para luchar contra un hombre o contra un ejército.
Todos aceptaron visitar primero Otosan Uchi y Bayushi Mitsuhide respiró aliviado.
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