Así como el día precede la noche, así como las estaciones pasan y la vida y la muerte se alteran en ella, los niños crecen, aprenden y se convierten en samurai llegado el momento. Cada año en Rokugan cientos de niños intentan superar una prueba de iniciación que les otorgará un nuevo nombre, su nombre adulto, y determinará si están capacitados para servir con su sangre y la de sus enemigos al hijo del cielo. Cada clan tiene su propio gempukku con sus propias peculiaridades que hacen que los diferentes samurai se centren más en unos aspectos del bushido que en otros, no obstante a veces los clanes realizan gempukkus conjuntos para crear lazos de unión tanto entre los clanes como entre los futuros samurai, que se conocerán jóvenes y podrán hacer florecer una amistad duradera y conveniente al imperio. Hay quien piensa que algunos clanes usan estas ceremonias para obtener ventaja política tentando a los samurai más jóvenes con promesas de gloria, otros creen que hay quien las usa para intentar descubrir secretos del clan anfitrión o medir sus fuerzas. Sin embargo todos disfrutan el momento, los niños dejarán de serlo y están impacientes y para los samurai es la oportunidad de descansar de su rutina, viajar a otras tierras, encontrar antiguos conocidos y pasar unos días en un ambiente casi festivo.
Los miembros de los distintos clanes van llegando, el lugar de reunión es Kyuden Kitsune, la fortaleza del clan del zorro, un castillo situado entre tierras Grulla y Cangrejo, llegan jóvenes de todos los clanes, entre ellos Hida Shotaro y Hiruma Fugu, acompañados por otros miembros del clan Cangrejo; Agasha Sen, que llega junto a su sensei, un niño y un criado; Matsu Emi, acompañada por su sensei y Bayushi Mitsuhide, acompañado por cortesana, ambos con las caras cubiertas con sendos mempo que ocultaban unos rasgos delicados. Tal vez fue casualidad o tal vez influencia de los kami, todos ellos compartieron mesa la noche de su llegada, para todos era la primera vez que hablaban con alguien de otro clan y se mostraban recelosos y prudentes, excepto los Cangrejo, exultantes porque el siguiente día ya podrían beber. La conversación esa noche fue banal, pero resultó ser una semilla que germinaría en el futuro. Al grupo se acercó un samurai vestido con un kimono blanco sin mon, se mostraba alegre y desenfadado —Niños, todavía no tenéis edad para beber —dijo a Hida Shotaro cuando este sacó una botella de sochu de la que dio buena cuenta. Lo más destacable de ese hombre, lo que hacía que la mayoría de los presentes estuviese pendiente de él toda la noche, era su katana. Una magnífica vaina de color blanco con decoraciones de jade incrustadas creando surcos longitudinales, con un tsuba de oro finamente tallado y un tsuka en forma de dragón. Esa no era una katana cualquiera, solo elegidos podían llevarla, posiblemente costaba más que todo el castillo y las tierras Kitsune, ver esa katana despertaba admiración y envidia y nadie la había visto desenvainada aún. Sin embargo que alguien portase tal katana no era el principal motivo que centraba las sospechas en esa persona, había muchas espadas así y los samurai se topaban algunas veces en su vida con ellas y sus portadores, pero quienes las portaban eran famosos y esas espadas tenían un nombre que al ser pronunciado sugería las batallas que todos conocían, las gestas realizadas, todos los que la habían empuñado en algunos casos. Ese hombre era un desconocido. Su espada era desconocida. —¿Cuál es vuestro nombre, samurai-sama?— pregunto Bayushi Mitsuhide —Vosotros sois niños, quizás mañana merezcáis conocer mi nombre, pero hoy podéis llamarme Hitaro— esa respuesta hirió el orgullo de los jóvenes, que decidieron soportar lo que restaba de noche sin preguntar nada más y aguantando las burlas de su comensal.
A la mañana siguiente el sol brillaba y no se veía ninguna nube que empañara la mañana, los cielos podrían contemplar sin impedimentos la ceremonia y eso era un buen presagio que alegró a todos. Los Cangrejo se afanaban en colocarse sus armaduras, Agasha Sen fue a purificarse y meditar antes de sus pruebas y Matsu Emi desmontó su no-dachi para darle los cuidados apropiados solicitando para ello la ayuda de todos sus ancestros, un ritual al que dedicaba gran cantidad de tiempo pues nadie se toma más en serio que un león el dicho "La katana es el alma de un samurai". Bayushi Mitsuhide, quien había ido a inspeccionar el terreno y ver qué hacían sus posibles oponente, tal y como le habían enseñado desde la infancia. Había ido a los campos de duelo, pasado por entre las tiendas y al templo, allí se encontró con Hitaro quien estaba hablando con un criado que se largó corriendo tras oír una orden. Se encontraba en las afueras del pueblo cuando vio una nube de polvo en el horizonte —Esa debe ser la caballería Unicornio, tal y como cuentan las historias su llegada siembra el temor en los corazones de sus enemigos— sin embargo al fijarse detenidamente se dio cuenta de que se trataba de hombres corriendo, centenares, tal vez un millar, unos desnudos y otros vestidos, con cañas de bambú y armas de campesino ¡Eran ashigaru y estaban atacando!
Rápidamente el escorpión entró en el campamento para avisar a todos de la traición, sin embargo se encontró con que los sirvientes que iban arriba y abajo habían sacado puñales de entre sus ropajes y estaban atacando a todos los presentes, sin mucho tiempo para pensar vio que los jóvenes con los que había compartido la cena la noche anterior estaban cerca unos de otros y una era shugenja, el deber hacia el imperio es lo primero y ninguna sangre bushi vale nada comparado con la de un shugenja (y Bayushi Mitsuhide tampoco podía ignorar que tenía una deuda de gratitud con el clan Fenix), así pues se colocó al lado de la shugenja y llamó al resto para que la protegieran camino al castillo. Sin embargo Agasha Sen estaba pendiente del niño que la acompañaba y no pensaba moverse sin él, fueron Matsu Emi y Hida Shotaro quienes antes lo vieron y fueron a buscarlo, en su camino se encontraron con dos ashigaru (o tal vez ronin) con los que tuvieron que luchar, pero consiguieron rescatar al niño y al criado y volvieron a reunirse con el grupo. El plan inicial era ir al castillo, pero en el tiempo dedicado a la búsqueda del niño los ashigaru se habían desplegado formando un muro humano que impedía el paso, el ejército de mil hombres estaba al llegar y las murallas parecían la mejor opción, en ese momento de duda vieron entrar a Hitaro y todos supieron que podría haber problemas. Corrieron hacia delante acabando a golpes con quien se les opusiera, todos combatieron, sin embargo Matsu Emi mostró la legendaria furia león y terminó cubierta de sangre y provocó que más de un ashigaru receloso se apartase del camino.
Dentro del templo el panorama era desolador, Hitaro se encontraba de pie con la katana desenvainada rodeado por 12 cuerpos y frente al daymio Kitsune, ambos tenían la vista centrada en el otro y se concentraban para terminar con su oponente usando un único golpe que darían al desenvainar su espada, los jóvenes, sabiendo que estaban ante un duelo, se quedaron parados y callados, fue Kitsune-sama quien golpeó primero, pero su ataque dio en un espacio vacío, Hitaro se había movido y antes de que se pudiese apreciar el golpe el brazo de Kitsune-sama se había despegado de su cuerpo. Se agachó y cogió una pequeña caja cuando reparó en sus espectadores —Vaya, estáis aquí, muy bien, los samurai de verdad no han conseguido llegar— dijo sonriendo maliciosamente —ahora apartados y dejadme pasar y no os sucederá nada.
El aura de aquel hombre provocaba temor, la fuerza que había demostrado dejaba claro que era muy superior a ellos, sin embargo el deber lo es todo —No pasarás, tal vez no pueda vencerte, pero llegarán otros que sí podrán— respondió Bayushi Mitsuhide. Hitaro envainó su espada y la sujetó con la pose grulla de iaijutsu —Habéis demostrado que respetáis el bushido, muy bien, tenéis coraje, ahora largo y terminaré con la batalla de ahí fuera— —No— fue nuevamente la respuesta mientras todos se preparaban para afrontar la inevitable batalla, pero no sucedió lo que creían, un movimiento que no llegaron a ver, el aire en sus caras, el crujir de la madera, pasos ligeros. Hitaro cortó un pilar, aunque casi pareció que lo había cortado el viento, y salió corriendo. los jóvenes samurai apenas tuvieron tiempo de apartarse y de poco le fue a Agasha Sei, que de no ser por la rápida acción de Hida Shotaro habría resultado aplastada. Con el corazón furioso oyeron un cuerno sonar y salieron a tiempo de ver salir en retirada a todos los ashigaru mientras la shugenja convocaba la ayuda de los kami para curar al daymio Kitsune. Todos juraron venganza.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Muchas gracias por tu comentario